El memorial a los voluntarios uruguayos de la Guerra Civil española (I)

Si comparamos los tipos de lugares de memoria que existen en la actualidad en Montevideo, en relación a otras ciudades sudamericanas como Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Santiago de Chile, una de los primeros hechos que llama la atención es que no hay prácticamente lugares de memoria en lugares que sirvieron para fines represivos durante las últimas dictaduras (cárceles políticas, centros clandestinos de detención o centros de detención). Sin embargo eso no significa la ausencia de lugares de memoria, sino un modelo particular fruto de la actividad específica de los “emprendedores de memoria” y de las “luchas por la memoria”, como diría Elizabeth Jelin, desde la salida de la dictadura en 1985, y de la forma particular en que éstos se han desarrollado en el espacio público. De hecho, tal y como indica Juan Andrés Bresciano, Uruguay se caracteriza por ser uno de los primeros países de América Latina en honrar a las víctimas de la violencia política por medio de memoriales en el espacio público, ya desde fechas tan tempranas como mediados de los años cuarenta del siglo XX. Podríamos mencionar aquí la plazuela y la estela dedicadas al bombardeo de Guernica durante la Guerra Civil Española por parte de la Legión Cóndor, inaugurada en 1944, y las dedicadas a la destrucción de la aldea checa de Lídice en junio de 1942, e inauguradas en 1943. En esos mismos años también se inauguró un monumento y una plaza a Manuel Azaña, dedicada por el centro republicano español y la Intendencia de Montevideo, y otro monumento y su correspondiente plaza a Lluis Companys, dedicado por el Casal Catalá de Montevideo. Estos tres monumentos, así como el del parque Segunda República Española, también inaugurado en 1943 -como veremos en la siguiente entrada-, guardan un estilo común, ya que, aunque no son completamente idénticos, las placas de bronce con los bajorrelieves y las cartelas se adosan sobre sobrios prismas de granito rosa de remate semicircular.

Monumento a Lluis Companys, en la plaza homónima (Montevideo)

Monumento a Lluis Companys, en la plaza homónima (Montevideo)

Placa principal del monumento a Lluis Companys (Plaza Lluis Companys, Montevideo)

Placa principal del monumento a Lluis Companys (Plaza Lluis Companys, Montevideo)

Trasera del monumento a Lluis Companys, con las apropiaciones simbólicas de los corruptos.

Trasera del monumento a Lluis Companys, con las apropiaciones simbólicas de los corruptos.

El monumento a Guernica (plaza Guernica, Montevideo) y al fondo el simbólico ombú que sirvió como lugar de encuentro en la última dictadura para realizar acciones callejeras.

El monumento a Guernica (plaza Guernica, Montevideo) y al fondo el simbólico ombú que sirvió como lugar de encuentro en la última dictadura para realizar acciones callejeras.

Placa principal del monumento a Guernica, en la plaza homónima (Montevideo)

Placa principal del monumento a Guernica, en la plaza homónima (Montevideo)

Monumento en honor a Manuel Azaña (Plaza Manuel Azaña, Montevideo)

Monumento en honor a Manuel Azaña (Plaza Manuel Azaña, Montevideo)

En ambos casos se estaba condenando las masacres de los nazis incluso antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial. Estos monumentos hay que entenderlos en el contexto de la vuelta a la democracia de Uruguay en 1942 con el contragolpe de Alfredo Baldomir, cuñado de Gabriel Terra, quien había impuesto una dictadura entre los años 1933 y 1938. Se dio con Baldomir un giro en la política internacional uruguaya, pues se pasó a apoyar al bando aliado, superando así las simpatías filofascistas del periodo previo. Sin embargo, para el caso español, como bien explica el historiador Carlos Zubillaga, Uruguay siguió manteniendo relaciones con la España de Franco, prometiendo cierta hermandad de “gallego a gallego”.

No todos los memoriales encontraron el mismo respaldo unánime en la sociedad uruguaya. Las “luchas por la memoria” se hicieron explícitas con la creación en 1960 de la Plazuela Budapest y de la erección de una estela con una placa que evocaba el levantamiento húngaro de 1956. Estos monumentos dividieron a la sociedad uruguaya entre las posturas anticomunistas y las filocomunistas, ya que en esos años se estaba empezando a vivir una situación polarizada por la crisis económica, el comienzo de las medidas represivas por parte del gobierno, el triunfo de la revolución cubana, el ascenso del Partido Comunista y el miedo que todo esto generaba en la oligarquía.
También hay que destacar que Uruguay fue el primer país del mundo en calificar el genocidio armenio como tal, en el año 1965. Curiosamente la erección de la escultura-memorial para recordar dicho genocidio se levantó en el año 1975, en plena dictadura, cuando los genocidios por motivos políticos en el Cono Sur ya estaban en marcha. Ese año fue declarado año de la Orientalidad por la dictadura para celebrar los 150 años de la independencia y exaltar los valores nacionalistas y patrióticos. Habrá que esperar hasta 1994 para ver el memorial por el holocausto judío, en la rambla Wilson.

Mmeorial por el holocausto del pueblo judío (Rambla Wilson, Montevideo)

Memorial por el holocausto del pueblo judío (Rambla Wilson, Montevideo)

Sólo a partir del cambio de siglo comenzarán a aparecer las primeras voces, los primeros “emprendedores de memoria”, que lucharán por que en el espacio público montevideano se recuerde a los detenidos-desaparecidos de la dictadura (Memorial del Cerro, inaugurado en 2001), los espacios de resistencia a la dictadura (Marcas de la Resistencia, comenzadas a colocar a partir del año 2013) y algunos espacios de represión, como la cárcel política para mujeres de Punta Rieles (proceso de intento de apropiación del edificio y creación de la Plaza Museo entre los años 2002 y 2011).
De lo escrito hasta aquí podrían sacarse dos conclusiones. Por un lado, que a la sociedad uruguaya le ha sido más sencillo levantar lugares de memoria sobre los genocidios y crímenes de lesa humanidad ocurridos en otros territorios que los llevados a cabo en su propio suelo. Y por otro, que según fue avanzando el s. XX las disputas por la memoria fueron cada vez haciéndose más fuerte. Sin embargo son conclusiones apresuradas ya que ya en los años 30 podemos advertir la división de la sociedad uruguaya respecto a la II República Española (1931-1939) y la Guerra Civil (1936-1939). Esta polarización se acrecentó especialmente con la llegada de la dictadura de Terra (1933-1938), y su apoyo y reconocimiento del régimen franquista en plena Guerra Civil. De hecho Uruguay, bajo este régimen dictatorial y filofascista, fue el primer país en reconocer la legitimidad de los golpistas españoles, y no dudó en establecer negocios con la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nazi de Hitler. En el país comenzaban a aparecer decenas de comités de apoyo a la República Española, y muchos uruguayos cruzaron el Atlántico para luchar contra Franco, ya que sabían que la lucha contra el fascismo en España era la lucha contra el fascismo en Uruguay.

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