Los pilotos voluntarios y su experiencia en España: el caso de Luis Tuya (I)

Decir que la Guerra Civil española fue un campo de pruebas de armamento y estrategias que posteriormente se usarían en la II Guerra Mundial se ha convertido en un lugar común. Sin embargo, es especialmente cierto en un ámbito concreto: el de la guerra aérea, que experimentó una serie de cambios que, a su vez, tuvieron una incidencia directa en la vida y, a menudo, en la muerte de quienes combatieron. Con Luis Tuya, uno de los voluntarios uruguayos más famosos como ejemplo paradigmático, analizaremos la experiencia de los pilotos republicanos en los primeros meses de la contienda. Y comenzaremos con un análisis de contexto basado en tres factores principales:

Con la guerra civil, la aviación militar comienza una evolución técnica que alcanzará su paroxismo en la inmediatamente posterior contienda mundial, y que llevará desde el biplano de cabina descubierta, dos ametralladoras de pequeño calibre y velocidades raramente superiores a los 350 kilómetros/hora de 1936 hasta los aparatos a reacción alemanes de 1945, dotados de alas en flecha, con armamento aire-aire y, en su versión nocturna, sofisticados radares aerotransportados. Este salto técnico irá de la mano de una correspondiente evolución de las tácticas de combate, que hasta la guerra civil española eran, básicamente, las mismas que se emplearon en la Gran Guerra: formaciones fijas y rígidas, escasa interacción entre los aparatos de una misma formación y un amplio margen para la iniciativa individual de cada piloto. Sobre los cielos de España comenzará una lenta evolución cuyas lecciones, introducidas por la Legión Condor y -en menor medida- la aviación republicana, tienen validez aún hoy en día: formaciones flexibles con la pareja de aviones como elemento básico, mayor coordinación con el control de tierra y la certeza de que los días de “caza solitaria” habían terminado. Para los pilotos que participaron en la contienda, incluso si contaban con experiencia bélica previa como en el caso de Luís Tuya, el ritmo al que tenían que adaptarse, incorporando nuevas tácticas, era frenético y, en consecuencia, el margen de error era dramáticamente pequeño y a menudo se pagaba con la muerte.

A estos cambios, además, se les debe unir el desarrollo de tipologías especializadas, tanto de operaciones como de aparatos. La más evidente es el surgimiento de la llamada “aviación de asalto”, o lo que hoy en día se conoce como apoyo táctico: aparatos ligeros capaces de transportar bombas en misiones de apoyo puntual a las tropas en un momento determinado, una disciplina que los alemanes convertirían en el emblema de su Blitzkrieg y que, en los dos últimos años de la guerra, pasaría a ser un patrimonio casi exclusivo de los Aliados.

El segundo factor es el estado material de la Aeronáutica militar española en julio de 1936. Unas semanas antes de la rebelión franquista, el gobierno republicano había firmado un contrato de renovación de material, con vistas a sustituir un parque aéreo obsoleto por aparatos más modernos. Los modelos seleccionados, el caza británico Hawker Fury y el bombardero estadounidense Martin B-10, no llegaron a tiempo para participar en la contienda (excepto tres ejemplares del primero, que demostraron su capacidad de manera testimonial sobre los cielos de Madrid).

Así, en los primeras semanas de la guerra, y al menos hasta que comienza a fluir la ayuda extranjera para cada bando, la capacidad de las respectivas armas aéreas, y en especial la franquista, es muy limitada. El caza estándar de la preguerra era el Nieuport- Delage 52, diseñado en Francia a fines de los años 20, y completamente obsoleto. Peor aún era la situación del arma de bombardeo, equipada con viejos Breguet Br. XIX, un aparato inmensamente popular en la Europa de los años 20 (y protagonista de numerosos raids romperecords), pero más apto para combatir en 1918 que en 1936.

Línea de vuelo de Nieuport 52 antes del inicio de la contienda. De los 35 aparatos en servicio, 28 quedaron en el lado republicano y los 7 restantes en la zona rebelde.

Línea de vuelo de Nieuport 52 antes del inicio de la contienda. De los 35 aparatos en servicio, 28 quedaron en el lado republicano y los 7 restantes en la zona rebelde.

El último factor que definirá la actuación de los primeros aviadores voluntarios de las fuerzas republicanas, como Luis Tuya, es una situación generalizada en el campo leal al menos hasta principios de 1937: la completa dislocación de las estructuras del Estado, comenzando por las fuerzas armadas y que afectó, por supuesto, a la Aeronáutica Militar. Las características del golpe de estado franquista implicaron que las fuerzas que permanecieron leales al gobierno legítimamente constituido quedaron desorganizadas. La defección generalizada de oficiales, sobre todo en los escalafones superiores y la natural desconfianza de las autoridades civiles frente a una organización militar percibida como poco fiable, llevaron a que las estructura bélica de preguerra (desde unidades individuales a la División Orgánica de Valencia, única que quedó totalmente bajo el control del gobierno republicano) se deshicieran en cuestión de horas. La defensa de la República, al menos hasta la creación del Ejército Popular en los primeros meses de 1937 (una hazaña organizativa y técnica a la que no se ha dado la relevancia que merece) quedará en manos de una fuerza heterogénea compuesta por milicias voluntarias bajo el control de partidos y sindicatos,  unidades amalgamadas dirigidas por un puñado de oficiales profesionales que respondían al gobierno central y voluntarios extranjeros como Luis Tuya.

La Escuadrilla Malraux (o España) es un buen ejemplo de la heterogeneidad de los voluntarios internacionales. En esta fotografía vemos desde mercenarios, que volaban por un sueldo de 50.000 pesetas de la época, hasta idealistas, como el primer personaje por la izquierda, J.F Stolk, de origen indonesio y cuya muerte, apenas unas horas después de tomada esta imagen, inmortalizaría el propio Malraux en su novela "La Esperanza"

La Escuadrilla Malraux (o España) es un buen ejemplo de la heterogeneidad de los voluntarios internacionales. En esta fotografía vemos desde mercenarios, que volaban por un sueldo de 50.000 pesetas de la época, hasta idealistas, como el primer personaje por la izquierda, J.F Stolk, de origen indonesio y cuya muerte, apenas unas horas después de tomada esta imagen, inmortalizaría el propio Malraux en su novela “La Esperanza”

Esta última circunstancia fue especialmente grave para las incipientes fuerzas aéreas republicanas, porque cuanto menor es el nivel de organización, existen más problemas de coordinación ( con el alto mando, con las tropas de tierra, con el resto de unidades aéreas), más dificultades logísticas (de reparación, municionamiento, aprovisionamiento) y más dificultades tácticas (gestionar un número elevado de nuevos pilotos con calidades muy diversas y motivaciones que iban desde el idealismo de alguien como Tuya hasta mercenarios con poco espíritu de combate).

Por Jorge Castrillón.

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