El camino a España: La experiencia paraguaya de Luis Tuya (II)

El conflicto que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935 es uno de los menos conocidos del siglo XX. Sin embargo, y en lo que respecta a esta investigación, fue importante en un aspecto: constituyó un banco de pruebas para, al menos, dos de los voluntarios latinoamericanos que volaron en las filas de las FARE republicanas. Uno de ellos, Miguel García Granados, alistado en España bajo el pseudónimo de “Manuel Gómez”, fue una figura importantísima en el desarrollo de la aviación en Guatemala. El otro es, por supuesto, Luis Tuya, piloto uruguayo que perdió la vida sobre el frente de Teruel en abril de 1937.

Las causas de la llamada Guerra del Chaco son complejas, pero se podrían resumir en dos grandes áreas: geopolíticas y económicas. Los dos países beligerantes habían sufrido derrotas traumáticas en el curso de una generación. Paraguay fue prácticamente aniquiliado en la Guerra de la Triple Alianza, y Bolivia había perdido el acceso al mar a manos de Chile en 1885. El inhóspito Chaco boreal, uno de los desiertos más duros del mundo, era susceptible de contener petróleo. Estos factores, unidos a unos límites imprecisos, herencia del sistema colonial español, provocaron el caldo de cultivo perfecto para una guerra que ya en su época fue calificada como absurda, y que se saldó con una victoria paraguaya al costo de decenas de miles de muertos. La guerra del Chaco fue, ademas, el primer conflicto moderno en América Latina, incluyendo el empleo de la aviación como arma de importancia central, tanto para el reconocimiento de posiciones como para el bombardeo.

De los dos contendientes, por población y capacidad económica, Paraguay era a priori el más débil. La actitud agresiva del gobierno boliviano, además, reforzó esta imagen de víctima, que desató un movimiento de solidaridad entre el resto de países latinoamericanos con una consecuencia muy concreta: la afluencia de voluntarios para defender al “pequeño Paraguay” durante todo el conflicto, como fue el caso de de Tuya y García Granados.

Es curioso observar que ambos pilotos tienen aspectos en común: vienen de una clase media acomodada y tienen un pasado militar. Tuya se alistó para conseguir la licencia de piloto; García Granados, mayor que el uruguayo, venía de una familia de armas, era militar de carrera y había llegado a desempeñar el puesto de jefe de la Aeronáutica Militar guatemalteca. Tanto uno como otro, además, fueron víctimas de la situación política de sus respectivos países: En 1933 Uruguay vio interrumpida su estabilidad democrática por la dictadura de Terra, mientras que Guatemala sufría el régimen militar del general Jorge Ubico. Tanto Tuya como García Granados se alistaron como reacción a esta situación: defendiendo la libertad, o lo que en ese momento se consideraba como la causa más justa en un conflicto complejo, canalizaban su disconformidad con las situaciones de sus respectivos países. Este razonamiento es el que explica su condición de voluntarios en la Guerra Civil Española. No obstante habría que pensar que Tuya, al que Etchepare definió como “un romántico con barníz marxista”, o García Granados, presentaban un perfil más cercano a los garibaldinos del siglo anterior, quizás sin unas convicciones políticas tan férreas como las de otros compatriotas anarquistas y comunistas que también fueron a luchar a España.

No consta la fecha exacta del arribo de Luis Tuya a Paraguay, pero debió ser a finales de 1933. Se alistó como piloto de caza y, tras un curso de conversión a cargo del capitán José María Fernández, quedó habilitado como Teniente segundo en grado honorario. Tuya se integró en la Escuadrilla de Reconocimiento y Bombardeo, equipada con 14 biplazas franceses con Potez 25 A, un popular diseño que sirvió en más de 20 fuerzas aéreas de la época, entre ellas la republicana. Entre sus compañeros había otros seis voluntarios extranjeros: dos argentinos, dos italianos, un ruso y otro uruguayo, Ulpiano Benito Sánchez Leiton.

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Un Potez 25 en vuelo. Curiosamente Tuya volvería a encontrarse con estos maniobreros biplazas en España, donde -ya obsoletos- prestaban servicio como entrenadores y aparatos de observación.

La Escuadrilla Potez, como era conocida, tuvo una guerra intensa, con salidas constantes sobre un frente siempre activo y muy inhóspito. Los testimonios de la época, en particular las memorias del jefe de la unidad, el mayor Isidoro Jara, nos trasladan un Luis Tuya valiente, apasionado y, tal vez, no demasiado reflexivo. Sirve como ejemplo la misión sobre la Cañada Strongest, episodio de una de las acciones bélicas más sangrientas del conflicto:

el 23 de mayo de 1934 el uruguayo Sánchez Leiton regresó herido a su aeródromo. Acompañado por su observador Teniente Primero de Reserva Job von Sastrow,  Leiton había cumplido una misión de reconocimiento en la que su aparato recibió más de doscientos impactos de bala. En el momento de tomar tierra, se desmayó por la pérdida de sangre.

Luis Tuya, que había visto todo, pidió hablar con su superior y le solicitó ser seleccionado para volar en auxilio de los soldados paraguayos sitiados en la mencionada Cañada Strongest. Recordando los sacrificios impuestos a Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, en la que Uruguay fue uno de los países beligerantes, según Jara dijo:  “Así, de este modo, quisiera pagar en parte nuestra deuda de gratitud, que el Uruguay debe a este ejemplo de América que es el Paraguay. Yo vine a defender el derecho y la justicia del pueblo de mis amores, es más, mi compañero el Teniente Sánchez Leiton, se encuentra ya herido de gravedad, y yo mi capitán no quisiera regresar al Uruguay sin llevar cicatrices de fuego en mi cuerpo, por favor, desígneme como piloto en esta misión.”

Su superior le complació y el 8 de julio de 1934, cuatro Potez -con Tuya a los mandos de uno de ellos-, escoltados por dos Fiat CR 20 -los aparatos en los que volaba el guatemalteco García Granados-, bombardearon la base boliviana de Ballivian, destruyendo cuatro cazas Curtiss y un importante depósito de combustible, en lo que es considerada la acción aérea más exitosa de toda la guerra. Hay que hacer notar dos cuestiones: en primer lugar, que estas misiones eran sumamente peligrosas. En segundo lugar, que uno de los puestos más duros en un conflicto es el de piloto: ya desde la I Guerra Mundial había quedado de manifiesto que la necesidad de permanecer alerta durante largos periodos de tiempo, soportando maniobras violentas en el aire, volando aparatos comparativamente frágiles, se cobraba una tasa enormemente alta entre los pilotos de combate. El hecho de presentarse voluntario a esta y otras muchas acciones indica, como apuntábamos, un Luis Tuya valiente, pero también inconsciente hasta cierto punto. Es un rasgo que volveremos a encontrar en su último combate aéreo, cuando, sobre los cielos de Teruel, se sale de su formación de improviso y carga el solo contra un grupo de Heinkel He-51, en lugar de permanecer en grupo y esperar una oportunidad táctica adecuada.

Sea como fuere, el hecho es que Tuya no solo sobrevivió a la Guerra del Chaco (voló su última misión en diciembre de 1934), sino que además lo hizo con honores. Cuando terminó el conflicto en junio de 1935, Luis Tuya fue nombrado Teniente Primero Honorario; se le concedió la Cruz del Chaco y apareció mencionado en tres ocasiones en los partes militares por distintas acciones. Por si fuera poco, se le dedicó una calle en Asunción, que permanece con su nombre en la actualidad.

El contraste vivido por Tuya cuando regresó a su Uruguay natal debió ser severo: de una situación de tensión continua, vuelos constantes y adrenalina, pasó a la placidez del día a día en su Mercedes natal, en un país, además, sumergido en una seria crisis institucional a causa de la ya mencionada dictadura de Terra. No es de extrañar que cuando estalló la Guerra Civil española, Tuya, tras reencontrarse con García Granados en Buenos Aires, decidieran combatir por la causa republicana. Encontraron, como contaremos, una guerra muy diferente, a una escala mucho mayor e incomparablemente más cruel que la que acababan de librar.

Por Jorge Castrillón.

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