Federico Gerardo Ruffinelli, poemas de un anarquista uruguayo en la Guerra Civil española

El investigador Niall Binns, de la Universidad Complutense de Madrid, lleva años trabajando sobre el impacto de la Guerra Civil española en el ambiente intelectual hispanoamericano. Tras varias monografías realizadas sobre la cuestión,, en breve publicará la obra “Uruguay y la Guerra Civil española: la voz de los intelectuales”. Desde aquí le queremos agradecer públicamente su desinteresada colaboración con el proyecto de La Columna Uruguaya, adelantándonos parte de su investigación. Los poemas que aquí transcribimos son parte de ella.

El primero es un artículo de la Asociación de Intelectuales Artistas Periodistas y Escritores (A.I.A.P.E.), red intelectual antifascista argentina, presidida en primera instancia por Aníbal Ponce, y que operó entre 1935 y 1943. También contó con una sección uruguaya. En este artículo del boletín de la A.I.A.P.E. se hacen eco de unos encuentros con Federico Gerardo Ruffinelli, un joven poeta y militante anarquista. En este artículo se aportan los escasos datos que conocemos hasta el momento sobre este voluntario de la Guerra Civil española. La parte final del artículo hace mención a las cartas que Ruffinelli envió una vez llegó a Barcelona, tras llegar como polizón a finales de 1937, junto a otros anarquistas argentinos como Raul Carballeira Lacunza y Sergio Chávez. Una vez en Barcelona fue dirigente de las Juventudes Libertarias de Barcelona.

Por otro lado encontramos los poemas escritos por Ruffinelli antes, durante (Dakar) y después de llegar a la Guerra Civil, publicados en diferentes medios y unificadas por la labor de Niall Binns.

“Federico Gerardo Ruffinelli” (Aiape, ii: 12-13, febrero-marzo de 1938)

 “Desde España, nos escribe este joven poeta uruguayo.

          Enardecida vocación de belleza y expansiva voluntad apostólica traducen la gallarda ecuación moral de su juventud.

          Fue siempre, sobre todas las cosas, un especialista de vida. Hambre de lucha y hambre de justicia dieron temprana madurez profética a su palabra y a su acción. Capitaneó movimientos estudiantiles y proletarios; frecuentó la intemperie de las tribunas democráticas; juntó su pecho al pecho de los desheredados en la jadeante marea de las protestas multitudinarias; conoció la patriótica consagración de las cárceles dictatoriales.

          Carne de pueblo, voz rebelde y pura, enriqueció humanamente su sueño de artista con la áspera vigilia del luchador infatigable.

          Ávido de vitales experiencias, recorrió la República, trabajando y sufriendo, a pie, como un alucinado. Se lanzó a las Misiones. Sólo llegó hasta Posadas. Trabajó allí un invierno, con el barro hasta las rodillas, alimentándose con carne agusanada, ganando un jornal miserable.

          En Salto, a donde nos habíamos trasladado para pronunciar una conferencia, lo encontramos inesperadamente en la plaza, entre el público. Pálido, flaco, pobremente vestido, regresaba de su viaje a tierras inhóspitas. Cambiamos, con emoción, algunas palabras. Una suave firmeza, un adormilamiento melancólico daban a sus ojos un lento pavor de lejanías. Sobre la miseria, el dolor y la injusticia, su mirada franca y tímida era como la piel luminosa de un corazón sin dobleces.

          Volvimos a encontrarnos más tarde. España, como un imán de sangre, le hacía un irresistible llamamiento.

          Y se fue. Sin un centésimo. En el primer barco que tuvo espacio para el imperativo de su éxodo heroico.

          Nos escribió desde África, al dorso de su retrato de voluntario, informándonos de su partida y recordándonos generosamente que daban aliento a su actitud unas palabras nuestras, casi olvidadas en su tenor, aunque siempre vividas: la juventud no ha de ser mortaja, sino bandera.

          Volvió a escribirnos desde Barcelona. Reaparece en su carta el magnífico poeta proletario que no le cabe en el pecho y que ya conocimos en Montevideo a través de un libro, El vino y el pan del hombre, que pasó inadvertido, pero que merece y tendrá mejor suerte porque, no obstante la exuberancia primeriza de algunas composiciones, posee páginas limpias y ceñidas, vocal amanecer de un artista auténtico, recio y delicado, formado a sangre y sueño.

          Releemos su carta, fechada en septiembre de 1937:

          “Aquí –dice Ruffinelli– el sol sale en la sonrisa de los niños. Hasta el sol del porvenir brilla en la carita del ángel moribundo, caído en las calles bajo los bombardeos”. “Los proletarios se sienten dueños y señores de sus destinos; libres de los yugos que hasta ahora ataban su esperanza, seguros de que la tierra es el paraíso de la humanidad”.

          Desnudo entusiasmo, el suyo: diafanidad de una conciencia que alcanza la promoción moral más elevada, “aprendiendo a morir”, de acuerdo con el precepto del varonil poeta sevillano.

          Porque estamos seguros, hoy como siempre: sólo cuando se ha aprendido a morir, se logra la plenitud de la vida.

          En esta primera carta de España, su fe en el triunfo surge de cada línea, contagiosa y conmovedora.

          Releemos hoy otra carta, sin fecha, recientemente llegada a nuestras manos. Transcribimos algunos párrafos:

          “Aquí, en esta España mártir y gloriosa, sobre los campos florecidos de flores y de sangre, he aprendido la eternidad de este amor a la belleza; la grandiosidad de esta lucha cruel y única para salvarla de las pezuñas de los cerdos fascistas”.

          “Aquí, en España, entre luto y sangre se forja el mundo nuevo. Música de fragua. Música de martillo y yunque. Aquí luchamos y aquí moriremos. Queridos amigos: si muero en esta bella tierra… no me lloréis. Aquí morimos todos para que los que vienen tengan derecho a la sonrisa”.

          Acaso, fríamente juzgadas, las palabras que nos dice sobre su probable destino, trasciendan a un romanticismo desencajado y viejo; pero quede para los satisfechos, para los mediocres intelectualizados, la oportunidad del mezquino reparo; los que viven una existencia ilegítimamente cómoda (nadie tiene en esta hora del mundo derecho a la comodidad), inquilinos ostreros de periferias sin peligro, pueden darse ese lujo; pero los que sentimos el drama de España, los que ocupamos aquí nuestro puesto en la lucha internacional contra el fascismo, sabemos que nuestra posición es por ahora la de retaguardia en el gran frente de batalla; allá, en cambio, sin literatura, se siente la compañía de la muerte.

          Reparemos, pues, en la tranquila grandeza que en las palabras de Ruffinelli sonríe; se cree sin derecho a ser llorado porque en España se muere a cada instante “para que los que vienen tengan derecho a la sonrisa”.

          Desde nuestra lejanía transatlántica levantemos el puño para saludar a este poeta adolescente, a este hermano menor que con las manos sobre el fusil espera, y que –indiferente a su destino, midiendo la insignificancia de los valores individuales– sólo vive soñando en la salvación de España, paridora de mundos; en la redención de ese pueblo que se sacrifica por todos los pueblos de la tierra y cuyos hombres mueren para edificar el porvenir.

Federico G. Ruffinelli

“Canción para España en sangre”

(Uruguay. Un rumbo cierto bajo la cruz del Sur, 1 de noviembre de 1936; Claridad, Buenos Aires, 309, enero de 1937)

(A los aguiluchos de la cnt y a la fai)

Un viento de banderas y la muerte en el cinto;

¡vivan los milicianos que mueren por la vida!

Las muchachas del pueblo pelean con nosotros

por el amor que llega y el alba socialista!

¡Vamos a la montaña todos del brazo unidos

como ayer al terrible cuartel capitalista!

¡Vamos, que ya están bombardeando al fascismo

un escuadrón de alegres y bellas golondrinas!

¡Vamos los que sufrimos el látigo del cielo

a conquistar la tierra que gozan unos pocos!

¡Vamos los que tenemos la sonrisa en los labios

y una mariposa de amor en nuestros ojos!

Salimos de las minas y de los anchos campos

y del mar que deshoja su rosa innumerable;

y del taller que quiebra su grito entre las máquinas

y del cuartel y el día y del dolor y el hambre!

Con piedras respondemos a la ametralladora

y bajamos aviones también a puño limpio;

y el corazón tenemos también como una bomba

para volar el cielo: para romper castillos!

Hay milicias de estrellas; hay escuadrón de pájaros

y el overoll del cielo el corazón nos cubre,

y la tierra nos da las bayonetas limpias

del trigo de los campos que el labrador produce!

Hay el fusil del sol y el vientre de las madres

bajo la azul bandera del cielo independiente

y hay fábricas de astros para vencer el hambre

del hombre que alimenta su corazón ardiente!

Hay un mar que cubre las espaldas desnudas

y otro mar que nos trae su cosecha de abrazos

y otro mar marinero que guarda su riqueza

con su fusil al hombro y con su amada en brazos!

Hay la montaña en armas y el centinela obrero

y el seno de las novias y el ¡viva! de los niños

y la canción fraterna que surge del diluvio

y la ceniza ahogada por los dedos del trigo.

Hay rosas milicianas; hay flores que combaten

a la fealdad servil de los profanadores,

y hay los sindicatos de claveles armados

que de las milicianas guardan los corazones!

¡Viva el sol que nace para las frentes puras!

la fundición del astro forja la vida libre

fundiendo las campanas y haciendo los arados

que al labrador divino de su dolor redimen!

¡Y todos hoy con ellos! Formemos las milicias

de hombres y de pájaros; de ríos y de flores;

tomemos las ciudades y el campo, americanos!,

para izar la bandera de los trabajadores!

¡Y torre de mi puño y puente de mi pecho

y cables de mis venas y ríos de mi vida;

arriba tus banderas rojas como tu sangre,

y el corazón blindado de una esperanza altiva!

El campo de la España será del campesino;

trabajarán las fábricas para la vida nueva!

Será vuestra cosecha de trigos y de naves;

será el trabajo hermoso sin el patrón que ordena!

Ya toda España bella está naciendo en sangre

¡aplastar la serpiente del fascismo!…

y su cabeza horrible con su casco de acero

igual la aplastaremos con nuestros puños limpios!

Un viento de banderas y la muerte en el cinto;

¡vivan los milicianos que mueren por la vida!

Las muchachas del pueblo pelean con nosotros

por el amor que llega y el alba socialista.

 

Octubre de 1936

“Poema del Miliciano que acude desde lejos”

(Claridad, Buenos Aires, 320, diciembre de 1937)

En sangre y en dolor, abierta herida;

mana mi pecho palomas de la brisa;

cruzan los vientos sobre la mar y todo

tiene el salitre de unos ojos tristes!

Rompe el velero la onda ya sin nombre

y el hombre que rehace su esperanza

el puño en alto y la frente en astros,

el hombre sepultado en su desdicha

¡siempre cantando y en la eterna lucha

y el puño en alto sobre la mar tranquila!

¡Oh! mar, mi pecho crece en olas de banderas

roja mi sangre junto a la noche negra;

una gaviota sobre mi mano viene

mientras mi madre mi recuerdo besa.

Detrás todo quedó, cenizas tristes,

sepulcro de los niños que murieron

y hoy un barco sobre la mar tranquila

hacia la muerte sin cesar yo marcho.

Siempre buscando matar la muerte diaria,

siempre pensando un mundo de belleza,

siempre muriendo con el pecho en alto,

siempre en las ascuas de la lucha eterna!

Un fundo crece entre la llama antigua;

obrera y campesina mi voz tiene

el rumor de las brisas de los campos

y la música que alegra los talleres.

¡Vamos a la muerte, camaradas!;

junto a mis labios una sonrisa nace;

como un clavel en una tumba fría,

como un arroyo sobre la tierra grave.

Desierto de las voces respondidas;

murmullo de las aguas atacadas;

¡el hombre con el dardo de su puño

y todas las banderas derribadas!

Así una sola entre la noche nace

roja de fuegos y de sangre roja;

mi rojinegra enseña libertaria

¡sobre mi corazón rompe sus olas!

¡Allá en España entre trigo y sangre,

allá en la tierra cuyas manos besa

la doncella del agua de los ríos

junto a su pecho late mi bandera!

Los ríos que yo ataco me transportan

y el viento, mis cabellos, mi dulzura,

la sangre de las venas y mis nervios

las brisas españolas me perfuman.

La mano en el fusil, el hombro listo,

el corazón en marcha hacia los cielos;

una ternura junto a la muerte heroica

¡y una proclama para unos ojos bellos!

Todo navega hacia la tierra mía:

Sobre la mar el niño que se aleja,

la madre sin su beso respondido

y una ilusión dormida bajo tierra.

Yo voy a luchar; cantando siempre

morirá mi dolor entre sus brazos,

y una bandera de tempestad y fuego

cubrirá esta muerte con su abrazo.

Dakar, julio 18 de 1937

(Julio J. Casal, Exposición de la poesía uruguaya, Montevideo, Claridad, 1940)

Raíz que abraza fuegos y palomas,

fundamental substancia, alegre savia;

mi corazón te canta en esta hora

de niños y de lunas bombardeadas!

Más hondo, más sin ojos ni dulzura,

abrazado sin cesar y sin aurora;

más honda esta raíz, a ras de tierra;

tu niño ha de nacer bajo las bombas!

Así te quiero, así te quiero topo;

arañando la piedra, el aire fino;

así cuidando el sueño de una noche

honda de amor, de savias y de gritos.

Ya te nacen raíces en los ojos;

tu niño va en el vientre de la tierra;

tu sangre, enredadera de la luna;

cuida tu niño; oculta su presencia.

Y vegetal sustancia de tu pecho;

dice a tu niño lunas y canciones,

así buscando el centro del olvido;

y así soñando, cuídale las flores.

Así te quiero, oh! madre catalana;

así de piedra y llama convertida;

raíz que abraza fuegos y palomas;

cuida tu niño, arropa sus vigilias.

Túnel vegetal, tierra escarbada,

araña, araña, araña; busca en ella

vientre a tu niño, flor de su sonrisa;

blinda su sueño y arrópale la tierra!

¡Qué fruto nacerá del niño tuyo!

simiente de finales armonías;

raíz hoy en la tierra; tallo altivo

que abrazará, mañana, las estrellas!…

Y niño, niño, niño, siempre niño,

y niño ha de vivir contra la noche,

y niño más que nunca en las auroras

y eterno niño en savias y canciones.

Así lo quiero, oh! madre catalana;

en esta noche triste bombardeada;

luciérnaga que sangra su pechito;

raíz que profundiza la mañana!…

Y así sembrado, y así bajo tus alas,

nocturna luz de blancos palomares,

tu niño salvará sus brazos puros,

para crear los mundos vegetales.

Así, sálvalo pronto, niño siempre,

rescátalo en la noche sin estrellas,

y niño más que nunca, será entonces

la paz sobre los pechos de la tierra!…

Anuncios