La descripción del Infierno, por Istvan Balogh

En el libro de M. Constante y M. Razola (2008). Triángulo azul. Los republicanos españoles en Mauthausen. Huesca: Gobierno de Aragón, Departamento de Educación, Cultura y Deporte. Amical de Mauthausen, se presentan diferentes testimonios de los republicanos españoles que pasaron por el infierno en la tierra. Entre estos testimonios también se recoge en las páginas 49, 52 y 72-76 los desgarradores testimonios en primera persona de Istvan Balogh, el brigadista internacional húngaro nacionalizado uruguayo. Presentamos a continuación las transcripciones tal cual de este libro con los relatos de Istvan Balogh y los comentarios de los autores del mencionado estudio (en cursiva):

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Los dos próximos relatos dan cuenta de cómo sucedieron las cosas en realidad y del estupor experimentado por hombres que cayeron en un momento de su vida directamente en el infierno; el testimonio de Esteban Balogh nos lo confirma. Los primeros testigos hablan en su calidad de soldados, en su calidad de prisioneros de guerra -a su entender, no de la Guerra Civil española, sino como prisioneros de la guerra franco-alemana del 39, es decir, de una guerra normal-; en cambio, Esteban Balogh, húngaro él, combatiente de las Brigadas Internacionales, se espera lo peor cuando llega a Mauthausen a finales de agosto de 1940. A sus treinta y cuatro años, casi está considerado como un veterano. Hecho prisionero en Dunkerque, fue inicialmente al stalag I B, en Prusia Oriental.

Esteban Balogh

A finales de agosto de 1940, un grupo constituido por una decena de soldados de las Brigadas Internacionales de España, procedente del stalag 1 B situado en Prusia Oriental llegó a Mauthausen, tras haber pasado por las prisiones de Kónigsberg, Danzig, Stettin, Berlín, Leipzig, Munich y Linz. Cruel interrogatorio en Berlín a cargo de la Gestapo, aplicando sus métodos habituales, con el fin de averiguar quiénes de nosotros proveníamos de la URSS. Resultaba que en España yo estaba en las fuerzas acorazadas de Levante y que no estaba en contacto con los soviéticos; de cualquier forma, en ningún caso había que hacer la menor revelación. Al llegar al campo, fuimos llevados al barracón 19, donde hallamos a otros españoles soportando unas condiciones de vida inimaginables. Nos colocaron el triángulo rojo (los demás españoles llevaban el triángulo azul) y a todos nos llamaban los rojos españoles, “die rote Spanier” ; los judíos que se hallaban entre nosotros debían llevar además la “estrella de David”. Todos nosotros éramos considerados como enemigos especialmente peligrosos del III Reich, todos comunistas, todos destinados a ser enviados rápidamente al homo crematorio.

(…)

Por su talante, el relato de Navarro puede asimilarse al de Esteban Balogh. El factor sorpresa ya no queda reflejado en él: es el de la llegada de un hombre que ya sabe lo que le espera. Ninguna diferencia biográfica con nuestros dos primeros testigos. Lo único que varía son las fechas en que llegaron al campo. Navarro llegaría a Mauthausen en diciembre de 1941, dieciséis meses después del primer convoy de españoles. Ya hacía seis meses que Hitler había invadido la Unión Soviética y, por aquellas fechas, las tropas de ésta se replegaban hacia Moscú.

(…)

Todavía no han llegado ustedes al paroxismo del terror, empiezan a comprender lo que significaba una ola de terror, una “ofensiva” tal como se decía en la jerga del campo. Ahora podrán enterarse de lo que fu e “la ofensiva ” contra los voluntarios de las Brigadas Internacionales cuando su llegada a Mauthausen en 1940. Desde el punto de vista cronológico, es un retroceso en el tiempo, pero el terror, bien sabido es, no conoce de cronología. Los verdugos jamás se dan por satisfechos. Es necesario aniquilarlos. Que estén ustedes preparados, sensibilizados o de vuelta de todo debido a lo que antes se ha relatado, poco importa ante lo que nos va a relatar Balogh.

Esteban Balogh

Al cabo de ocho días de cuarentena, nos llevaron al kommando de la cantera, donde éramos obligados a cargar con piedras de cincuenta kilos por lo menos. El hambre y el frío venían a sumarse a nuestro tormento. Cuando fuimos testigos de las primeras matanzas realizadas en tomo a nosotros, empezamos a pensar que nuestras posibilidades de salir con vida eran prácticamente nulas. Por aquel entonces, los españoles no estaban autorizados a comunicarse; por añadidura, estaba terminantemente prohibido el dirigirse la palabra. A cada día que pasaba, nuestras fuerzas iban menguando y resultaba cada vez más penoso subir las piedras necesarias para la construcción del muro del campo. Como no manteníamos contactos con nadie y nos estaba prohibido aproximamos a otros presos, decidimos organizar la solidaridad en nuestro reducido grupo -solidaridad muy limitada, aun cuando efectiva-. Algunos de los nuestros eran personas de edad, enfermos del corazón; los colocábamos en la parte central de la columna y les dábamos para transportar piedras que tenían la misma apariencia que las demás pero que resultaban menos pesadas. Presos ajenos al kommando consideraban que perdíamos el tiempo; todas esas precauciones, decían ellos, no servirían de nada, pues todos nosotros estábamos destinados a ser liquidados rápidamente. Nos obstinamos en sustentar una opinión contraria y argüíamos que quizá no todos perderíamos la vida en el transcurso de esa lucha.

Pero temíamos la llegada del invierno. Sin embargo, la realidad inmediata resultó ser mucho más terrible. Ya ha sido dicho que los deportados españoles llevaban un triángulo de tela azul; nosotros, los de las Brigadas Internacionales, lo llevábamos de color rojo, y los que eran judíos llevaban además la estrella de David. Los SS decidieron lanzar una “ofensiva” : a los españoles rojos se les obligaba a transportar piedras que habían sido escogidas previamente por los SS; los judíos tenían que cargar con las más pesadas y además a paso ligero. Esta medida se prolongó durante unas cuantos días, hasta la liquidación total de nuestros camaradas judíos. Regresábamos por la noche al campamento completamente extenuados; camaradas menos expuestos que nosotros nos proponían la mitad de sus raciones, diciéndonos que sufríamos más que los demás y que para poder resistir era absolutamente necesario que comiésemos más que la ración que nos correspondía. Pero nosotros nos negamos a aceptar su sacrificio, pues una ración normal ni tan siquiera era suficiente para alimentar a una persona. Y los presos alemanes que eran testigos de ese espíritu de solidaridad decían que los SS nos reservaban a todos la misma suerte.

La primera víctima de nuestro grupo fue el doctor Emerico Mezei, que era médico militar. Lo habían incluido entre los judíos por el mero hecho de tener una abuela judía. No tenía disposiciones para los trabajos que requerían fuerza y de inmediato los SS se ensañaron en él, golpeándole sobre todo en la cabeza. Al tercer día, estaba tan desfigurado que tan sólo se le podía identificar por su número de matrícula; no sabíamos qué hacer para atenuar sus sufrimientos. Al día siguiente, después de haber regresado del trabajo y poco antes de que se pasase lista, los SS le entregaron un alambre y le obligaron a ahorcarse delante del barracón 19. Su cuerpo aún estaba tibio cuando fue arrastrado hasta el homo crematorio. Así es como acabó ese diplomado de la Sorbonne, que había cumplido con su deber en los campos de batalla de España y de Dunkerque, donde, bajo el fuego enemigo, había auxiliado a los heridos tanto franceses como alemanes.

De los diez presos que formaban nuestro grupo, ocho de ellos eran judíos. Al día siguiente de la muerte del doctor, los siete que quedaban volvieron de la cantera en un estado espantoso: dientes rotos, orejas arrancadas, ojos amoratados, rostros tumefactos. Sin embargo, se negaron a comer el suplemento de rancho que los camaradas españoles les ofrecían, pues estaban convencidos de que no tardarían en morir. Aquella misma noche, después de que se hubiese pasado lista, solicitaron entrevistarse con nosotros, y cuando estuvimos todos reunidos, el camarada Sollercich Sigmund tomó la palabra: “Resulta evidente, y el ejemplo del camarada doctor Mezei nos confirma lo que suponíamos, que todos los judíos están condenados. Por lo que a nosotros se refiere, no vale la pena resistir y sufrir inútilmente. Pero vosotros, aun cuando llevéis el triángulo rojo, no sois judíos y quizá tengáis más posibilidades que nosotros. Si uno de vosotros logra salir con vida de este infierno, decid a los nuestros adonde y de qué manera hemos muerto. Nuestra última voluntad es que contéis a nuestros padres y a nuestros amigos que hemos muerto tal como nos han conocido y que nos consideren como habiendo caído en el campo de honor en nuestra lucha contra el fascismo y en pro de la libertad”. Aquella noche, ninguno de nosotros pudo probar bocado. Ese corto discurso había sido pronunciado en las letrinas, y ni siquiera habíamos podido estrechar las manos de nuestros camaradas, pues las tenían en carne viva. Otros camaradas españoles fueron a reunirse con nosotros y vertían lágrimas ante esa cruel realidad.

Al día siguiente, cuando llegaron a la cantera, se abrazaron fuertemente y, cantando la Internacional, se encaminaron hacia la torre de vigilancia. Despavoridos, todos interrumpimos el trabajo y los SS se pusieron a ladrar sus “¡Halt!”. Pero ellos seguían caminando, cantando con todas sus fuerzas, y nosotros seguimos oyendo la Internacional hasta que quedaron segados por las ráfagas de las metralletas. Esos camaradas eran ciudadanos rumanos, heridos repetidas veces durante la Guerra Civil de España, donde habían acudido para alistarse como combatientes antifascistas. Por la noche, tras regresar a sus barracones, los españoles se reunieron y observaron un minuto de silencio en honor a esos valientes, lo que sorprendió sobremanera a los demás presos de los barracones, pues tal hecho jamás se había producido entre ellos. Los “verdes” y los “negros” empezaron a darse cuenta de que los españoles no eran la clase de prisioneros que habían supuesto cuando su llegada al campo. Se reconoció que el espíritu de solidaridad había entrado en Mauthausen junto con los españoles, y ese ejemplo cundiría a la larga.

Los cuerpos de nuestros camaradas habían sido ya enviados al homo crematorio. Cuando se pasó lista delante del barracón 19, el Herr Kommandoführer nos arengó con respecto a lo sucedido en la cantera: “Ningún cerdo comunista, judío o no, volverá jamás a cantar su himno”. Aquella misma noche prometimos solemnemente que en el momento que fuésemos a ser ejecutados cantaríamos la Internacional al igual que nuestros heroicos camaradas. Tal hecho aconteció el 11 de octubre de 1940 y los camaradas asesinados se llamaban: Filip Weisz, Bercu Lozneanu, Israel Diamant, Mihail Leb, Saia Abramovici y Sigmund Sommereich. De aquel grupo de ocho judíos quedaba uno, el doctor José Gardonyi. Al día siguiente, los SS y los kapos le apalearon con los mangos de las palas, y cuando se desplomó sin poder ya mover brazos ni piernas, le remataron con una ráfaga de metralleta. Los camaradas españoles se sentían muy impresionados por esas ejecuciones. Sin embargo, no se atrevían a decirnos que tras los judíos llegaría nuestro tumo. Éramos nosotros quienes debíamos decirles: “No caímos en España y será probablemente aquí donde dejaremos el pellejo. Es la misma lucha contra el mismo enemigo”. El año 1940, que no significó sin embargo más que unos meses de estancia en Mauthausen, fue sin el menor género de duda el peor de todos para los españoles: muchos de ellos murieron de hambre y de frío; no había más kommando que el de la cantera, y en los barracones no disponían más que de un catre de 65 cm en el que tenían que apañárselas para dormir nada menos que cuatro hombres.

He aquí, no que vaya a brillar un rayo de esperanza, sino que la resistencia va a dejar de ser la resistencia del hombre Escobedo, del hombre Navarro, del hombre Bilbao o del hombre Balogh, para convertirse en la acción común de los supervivientes. Toma de conciencia por parte de los supervivientes de que han resistido y que, por tanto, pueden resistir, organizar la resistencia, su resistencia, pasar de la resistencia al mal a la resistencia proyectada como una lucha contra el mal. 

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