“La antigua comuna española y el error de la Segunda República” por Fernando de Cárdenas

Dos de nuestros voluntarios, Fernando y Rafael de Cárdenas, eran padre e hijo y fueron juntos a la guerra. Al principio de la investigación, tuvimos la inmensa suerte de entrevistar a Rafael que, aunque actualmente vive en Barcelona, venía a pasar unos meses a Tacuarembó, Uruguay. En los mails de preparación de la entrevista, previos al viaje, le dijimos a Rafael que -defectos de la profesión- cualquier documento relativo a su padre que nos pudiera mostrar sería de enorme valor para nosotros. Poco sabíamos de Fernando de Cárdenas, más allá de que este ingeniero español había recalado en Uruguay a mediados de los años treinta casi por casualidad mientras realizaba una travesía en barco con familia y amigos, había vuelto a España durante la guerra para asistir al bando republicano con sus conocimientos técnicos y había regresado a Uruguay tras la derrota, fundando entonces el Centro Republicano español de Montevideo. El documento con el que viajó Rafael de Barcelona a Tacuarembó fue un discurso de su padre en el Centro Republicano Español en el que elaboraba una disertación sobre las debilidades de la Segunda República a través de un análisis histórico de los bienes comunales en España.

Si, como pensamos, la Historia debe ser más que un relato de acontecimientos, el discurso de Fernando de Cárdenas nos permite unas vistas privilegiadas no solo sobre el pensamiento de este personaje, también sobre el cariz de los debates que tenían lugar en el Centro Republicano de Montevideo después de la guerra. Aprovechando la libertad que nos da el blog, transcribimos aquí íntegramente el documento, hecho que, dada su extensión, difícilmente podríamos permitirnos en un libro. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros:

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La antigua comuna española y el error de la Segunda República

Me ha parecido interesante tratar este tema: LA ANTIGUA COMUNA ESPAÑOLA Y el error de la 2a  REPÚBLICA en estos momentos en que por doquier se habla de  libertades y de democracia, sin que, en realidad, asomen ni las unas ni las otras por  parte alguna, puesto que la organización de España, en sus albores, nos enseña una  verdadera lección de democracia. Por otra parte, esta es la tribuna que me parece más  adecuada para desarrollarlo, puesto que estamos en una casa de abolengo español y de esencia liberal.

Aquí somos españoles y además patriotas. No entendemos el patriotismo al modo de los exaltados partidarios del imperio, que solo ven como glorias, aquellas  recubiertas de oropeles, cuyo barniz exterior suele ser tan débil, que a poco que se raspe aparece toda la podredumbre de los falsos conceptos y de la íntima injusticia que permitió su artificial engendro. Las verdaderas glorias e un pueblo hay que buscarlas en lo espiritual, es decir, en el aporte que hicieron verdaderos valores a la  humanidad. Y en ese sentido, nos podemos sentir orgullosos los hijos de Iberia.
Si hiciera falta un ejemplo de lo que digo bastaría que pusiéramos nuestros ojos en Francia. Hoy vencida y humillada, casi desaparecida como nación libre, mutilada y habiendo pasado en pocas semanas de una de las más formidables potencias del mundo a una situación internacional de tercer orden, conserva toda su gloria auténtica de conductora del pensamiento humano. No se puede hacer una excursión por los campos de la Filosofía o de la Sociología, o del Arte, o de la Ciencia, sin que podamos dejar de toparnos con una gloriosa legión de gloriosos hijos de Francia, que fundaron sistemas y escuelas, que investigaron en laboratorios, que dieron nuevos rumbos a la humanidad. La gran Revolución, etapa máxima de la sociedad humana pudo tener lugar gracias a la Enciclopedia y al espíritu francés. Esa gloria de Francia nunca podrá ser borrada, es más, siempre será viva y actual, aún después de transcurridos siglos, así como hoy día está vivo y es actual el pensamiento filosófico de la antigua Grecia. Un francés puede estar orgulloso de serlo, incluso en estos momentos de claudicaciones, de humillaciones, de lo que se llama deshonra.
Los españoles no hemos hecho una revolución como la revolución francesa, pero hemos sentado los fundamentos de una civilización. Puede tildarse este aserto de pretencioso, pero lo que verdaderamente me propongo demostrar en esta pobre charla es que en España se pusieron, quizá a destiempo, las bases de una nueva sociedad.
Se ha dicho que una verdadera revolución no existe, ni puede existir en la naturaleza. Meditando un poco sobre esa proposición, vemos que es exacta. Todo movimiento es evolutivo y determinado aunque no pueda ser predeterminado por el hombre. Un gran terremoto, o la evolución de un volcán, han sido puestos como ejemplos de revoluciones geológicas, pero en realidad, el instante en que la tierra empieza a temblar, o en que el volcán lanza su fuego y su lava, no son sino las fases finales de un proceso evolutivo que, desde tiempo atrás había empezado.
Así las revoluciones políticas o sociales. Sin la enciclopedia en Francia, no habría tenido lugar la fase final de la evolución libre final de la evolución liberal en el gran país. Y si esta existió, era porque ya estaba maduro el largo proceso de base filosófica que se había iniciado con mucha anterioridad.

Agregado extra
Permítaseme un inciso a propósito de dicha afirmación.
Cuando yo era adolescente, a principios del siglo, se recibió en mi casa en Madrid un hermoso álbum de propaganda de los ferrocarriles franceses. La magnífica publicación editada en papel couché y encuadernada en cuero, traía espléndidas fotografías de los principales castillos de Francia, itinerarios para llegar a ellos, mapas de las regiones francesas donde más abundan y avisos de hoteles, comercios, etc. de las ciudades próximas. El álbum se titulaba “Les chateaux de France” .
Al ver la magnificencia de esas mansiones feudales, situadas siempre en medio de bosques o en alturas que divisaban valles, un sentimiento de envidia patriótica o patriotera se apoderaba de mi espíritu infantil. En España no teníamos nada semejante. Son pocos los castillos que se levantan en la llanura castellana o en el campo de otras regiones de mi tierra. Y los pocos que hay eran pertenecientes a la realeza.
Después he reaccionado y lo que me parecía una inferioridad vi que en realidad constituía una manifiesta superioridad, aunque no exista, por su ausencia, ni motivo de propaganda turística en este sentido, ni la misma belleza que sin disputa tiene un castillo feudal, con sus torres, sus almenas, su foso, su puente levadizo, su plaza de armas.
En España sí, existen casas solariegas y palacios de los aristócratas más o menos descendientes de los nobles de la Edad Media. Pero esas casas y palacios (La de los duques del infantado en Guadalajara, la de Medinaceli en Salamanca, la llamada Casa de Pilatos en Sevilla y tantas otras, están en medio de las ciudades y las villas, como demostrando que esa nobleza española, necesitaba del pueblo para vivir, no en el sentido de oprimirlo -porque no podía- sino en el de colaboración. No tienen fosos que circunden las mansiones, ni plazas de armas, sus puertas se abrían a la calle pública en la que gobernaba el pueblo por medio de su Consejo de Alcaldes y su Corregidor.
En España hemos dado la pauta para resolver buen número de problemas, pero hemos adolecido de un defecto. Los hemos planteado antes de que estuvieran maduros. Por eso me atrevía a decir que fue quizás a destiempo, cuando en España se echaron los cimientos de la nueva civilización. En Castilla y en León, en Cataluña y en Valencia, en Aragón y en el País Vasco, en tiempos en que en el resto de Europa  imperaba el régimen feudal en toda su fuerza, el pueblo tenía sus derechos, no escritos, pero no menos respetados por los señores. De antiguo eran conocidos los bienes del común y la institución llamada Ayuntamiento, que, como su nombre lo indica, representaba la unión de personas y bienes en una entidad de esencia democrática.
Durante la Reconquista, los caballeros guerreros iban apoderándose de las tierras conquistadas a los moros. Dice Jorge Manrique en sus famosas coplas hablando de su padre Don Rodrigo:

No dejó grandes tesoros
Ni alcanzó muchas riquezas
Ni baxillas,
Mas hizo guerra a los moros
Ganando sus fortalezas;
y sus villas
y en las lides que venció
Caballeros y caballos
Se prendieron,
y en ese oficio ganó
Las rentas e los vasallos
Que le dieron.

Ser caballero en aquellos tiempos, era como practicar un oficio cualquiera. Salían al campo al frente de una partida de aventureros, y si vencían a los moros, se apropiaban de sus tierras, de sus fortalezas y de sus villas y establecían la base de sus Estados. Así se formó el poder feudal. Pero en España, al mismo tiempo que se desarrollaba el feudalismo, adquiriendo enorme preponderancia los estados de los nobles (que al principio no habían sido más que simples facinerosos) el pueblo se agrupaba en villas y ciudades y organizaba la magnífica institución del ayuntamiento para prevenir el exceso de potencialidad de los señores. Otro ejemplo de la visión a larga distancia del pueblo español. Era la “lucha de clases antes de que se inventara la frase.

Aquellos ciudadanos que formaban un bloque unidos en su Ayuntamiento oponían con su cohesión y con la importancia de sus funciones, un muro al avance arrollador que la nobleza había emprendido.
Creo que hay que considerar esta institución como célula fundamental de la sociedad popular española. No procede de arriba, no es una invención de poder constituido alguno, no está creada por ninguna ley y sin embargo tiene su propia fuerza, su propia virtud, precisamente porque está fundada contra la fuerza y contra la arbitrariedad. y el Ayuntamiento perdura todavía en nuestros días aunque la evolución de la monarquía española haya desvirtuado su esencia.
Los Ayuntamientos estaban regidos por un Concejo compuesto por los mejores hombres que integraban la comunidad. Se ocupaban de las necesidades de los vecinos y atendían a los servicios del común: fuentes, riegos, caminos, vados, puentes, etc.
Casi todos los Ayuntamientos poseían algunas tierras que eran de aprovechamiento común, de ahí su nombre de tierras comunales. Alguno de ellos las cultivaban entre todos los vecinos en forma de prestación de trabajo. Su producto era ingresado en la bolsa del Ayuntamiento, en la que se atendían los trabajos y servicios públicos referidos.
Otras villas y aldeas no poseían sino el ejido que era una tierra situada en las afueras del lugar, que no se labraba, pero donde se solían reunir los ganados, se establecían las eras y solía tener lugar la feria.
En otros lugares, sobre todo en las regiones boscosas de Galicia, las del Cantábrico y el Alto Aragón, la Comuna poseía montes de aprovechamiento común.
Todavía en 1928, en un pequeño lugar de Galicia donde tenía mi familia una finca, existía un monte comunal. El consejo de vecinos entendía que debía ser parcelado y entregado una parcela a cada vecino. Yo tuve algunas disputas con esos buenos paisanos y con el cura, pues quería hacerles comprender que esas parcelas, a cada uno nos servirian de poco, en cambio, si eran atendidas por todo el vecindario, su producto podía incluso servir para atender la contribución que el pueblo debía pagar al Estado.
Era difícil que entendieran eso, porque el monte ya no valía nada. Los castaños y los pinos habían sido cortados, pero como todos se consideraban propietarios, el que primero llegaba a cortar uno, o más árboles, se lo llevaba lindamente y se apropiaba de su valor. Por eso, les decía yo, el monte no es de aprovechamiento común. Pertenece a todos, pero uno solo se llevaba el producto. Es necesario comenzar de nuevo. Entre todos hay que plantar los árboles; no podrán ser tocados durante su desarrollo y, cuando sean maderables, se efectuarán los cortes racionalmente, previa plantación de los pies que hayan de sustituirlos. Puede que muchos de nosotros no llegue a ver el beneficio, pero nuestros hijos, cuando toquen la riqueza que les hemos legado nos lo agradecerán y, sobre todo, habremos contribuido a mantener una de las pocas tradiciones sanas. Cuando salí de España, en 1933, todavía no estaba resuelto ese pequeño problema lugareño.

En otros lugares que he recorrido viajando por tierras españolas he podido comprobar de visu, algunos positivos beneficios que resultaron de mantener la vieja tradición. Visitando algunos pueblos del Pirineo aragonés, allá por el año 1931, fui a dar en una aldea del valle de Hecho. Las cumbres nevadas de las altas montañas se perfilaban en el cielo azul y las rocas violáceas se veían más cerca, entre las manchas verdes de bosques centenarios. Como a causa de una avería del auto debimos pasar unas horas en el lugar, aproveché el tiempo yendo a la peluquería. Después del servicio, muy aceptablemente, quedé extrañado al saber que no se pagaba nada; los servicios de barbero, entre otros, eran servicios públicos del Concejo. Este pagaba al barbero para que atendiese a todos los vecinos y lo hacía con el producto de los montes comunales y aquél peluquero era, a la vez, como en los pueblos todos de la vieja España, practicante y sacamuelas. Aplicaba sanguijuelas y hacía las sangrías.
Otro caso de de servicios públicos municipales, bien conocido y realmente admirable, es el aprovechamiento de las aguas en la magnífica huerta valenciana. Las acequias principales empalman con las que riegan las propiedades y cada vecino tiene derecho al agua por un tiempo determinado, según la época, el cultivo, la sequía, etc. El antiguo tribunal de las aguas determina las condiciones de riego. Los casos de contravención y las denuncias son vistas por dicho tribunal que, desde tiempo inmemorial tiene su sede al aire libre, bajo el porche de una de las puertas de la Catedral de Valencia. Se reúne los domingos a media mañana. Sus juicios son absolutamente verbales y sus sentencias inapelables.Está compuesto por elección entre los huertanos. Esta costumbre viene de las árabes.
La realeza favorecía al pueblo contra los nobles. No ciertamente porque estuviera de acuerdo con el pueblo, sino para oponer una fuerza al feudalismo. De rechazo, por carambola, si se quiere, ofrecía el rey un servicio benéfico inigualable. No es que tengamos que agradecerle al monarca sus gestos a favor del pueblo, pero tenemos que reconocer que, daba la casualidad de que en la edad media, para defenderse de los nobles lo utilizaba y, sin querer le favorecía.

Alfonso X, el rey sabio, doctor en ciencias y en letras que había contendido con eruditos árabes y cristianos en Toledo, autor de obras científicas, literarias, históricas y jurídicas tales como las Tablas Alfonsinas, la historia de España, Las siete partidas, etc. nos dice en una de estas: “Libertad es la mas cara cosa que los hombres pueden haber en este Mundo. Aman y codician naturalmente todas las criaturas la libertad, cuando más los hombres, que tienen entendimiento sobre todas las otras” Y dice más adelante: “Que así como la servidumbre es la más vil cosa de este Mundo (que pecado no sea) y la más despreciable, así la libertad es la más cara y la más preciable” “Regla es de derecho que todos los juzgadores deben ayudar a la libertad porque es amiga de la natura, que le aman, no tan solo los hombres, sino también todos los otros animales.” Todo esto y mucho más nos decía un rey auténtico de España a mediados del siglo XIII. Y cuando nos lo decía en sus partidas, que constituían algo así como la  recopilación sabia de los usos y costumbres bien arraigados de Iberia, era señal de que este concepto de la libertad de los españoles, formaba la médula del pueblo.

Ahora, y para echar una ojeada sobre lo que, en relación con los derechos del pueblo español en la edad media tenemos, voy a leer un magnífico párrafo debido a la pluma del Dr. Petit Muñoz, aparecido en un artículo publicado en la revista “Ensayos” (nº 10- 1937). Dice el eminente jurisconsulto uruguayo, positivo valor democrático hasta hace bien poco tiempo, lo que sigue:

Apenas balbucía sus toscas frases la naciente lengua romance, que nadie osaba
aún estampar por escrito, cuando ya los textos, todavía trenzados en latín, de los
viejos fueros municipales de la península, consagraban la igualdad de todos los
hombres ante la ley, la igualdad ante la justicia, la inviolabilidad del domicilio, la
seguridad personal frente a las prisiones arbitrarias y el derecho de asilo, un derecho
de asilo que es netamente español y constituye el primer antecedente del derecho de
asilo laico, del derecho de asilo territorial, del derecho de asilo para el simple oprimido
y no solo para el delincuente, es decir del moderno derecho de asilo para el perseguido
por la opresión. Hasta entonces solo se conocía un derecho de asilo que era
consecuencia de las creencias religiosas, que estaba limitado al recinto del templo en
la antigüedad, o de la iglesia en la edad media, y que, cuando estaba extendido, como
en la Roma de Rómulo, a todo el circuito de la ciudad, amparaba, no al esclavo
honesto, sino al criminal que huía de la justicia. El municipio español ofrece, en
cambio, todo su territorio al refugio del siervo y no ya al delincuente: al siervo honesto,
al inocente oprimido que se hacía libre pos solo pisar su suelo. El recinto del templo o
de la iglesia, el mero edificio escueto que se hacía cárcel, sin quererlo, por lo estrecho,
daban asilo, pues, por vía del perdón, y eran, entonces, tierra de piedad. El municipio
español presta su refugio porque está extendido generosamente, como para que el
desenvolvimiento humano tenga lugar en él con amplitud. Ofrece pues, su asilo,
porque es tierra de libertad.”
“Y pronto el romance articula en la lengua de bronce las primeras fragmentarias
declaraciones de derecho, remozándolas de su forma latina, y aún añade otras
nuevas, como la resistencia a la opresión. Todas ellas, trasmitidas de generación en
generación, arraigan en la conciencia colectiva de los pueblos hispánicos la idea de la
libertad humana .. Dice una vez, concedida tan solo a las ideas de la época que hubiera
dos palacios, el del Rey y el del Obispo: “Todas las otras casas tan bien del rico como
del alto, como desde el pobre, como del bajo, todas hayan un fuero. Y otra vez: “Los
hombres que no sean muertos, ni presos, ni tomado lo que han, sin ser oídos por
derecho y por fuero de aquel lugar do acaeciese”.

Los fueros y los derechos del pueblo, constantemente atacados por los nobles, eran defendidos por los reyes. Este fenómeno ocurría en toda Europa, pues los reyes tenían necesidad de aumentar su fuerza, ampliando su influencia, y este la encontraban en el pueblo, oprimido por los señores feudales, los que, a su vez, querían influir sobre el Rey y aumentar su poder. Pero en España la institución “Ayuntamiento” favorecía la defensa del pueblo, ya que se encontraban los vecinos bien unidos, y por lo tanto, más fuertes.
Esta situación perduró hasta principios del siglo XVI, cuando el Cardenal Cisneros abatió el poder de los nobles, después de crear un potente ejército, cuyo control llevaba directamente al poder real en cuyo nombre actuaba por haber sido nombrado regente a la muerte de Femando V. Cuando los nobles discutían con el fraile, defensor de la monarquía y “por accidente” del pueblo, le preguntaron airados: -¿Cuáles son vuestras razones? El Regente les llevó al amplio ventanal que se abría ante la plaza y, mostrando los, para aquella época, formidables cañones de bronce y las tropas marciales bien formadas, les contestó altivo: -Esas son mis razones.

Así terminó el poder feudal en España. Pero no podía la monarquía compartir el Poder con el pueblo, sobre todo cuando un príncipe alemán ambicioso, que llevaba en sus venas sangre de dictador, había subido al trono de Castilla y de León. Las comunidades de Castilla habían formado un gran partido en defensa de sus derechos, derechos de sus mayores, derechos tradicionales en la España de Alfonso el Sabio y decidieron oponerse con las armas a las pretensiones de ese principe soberbio, nieto del Emperador Maximiliano. Pudo este más y en la villa de Villamar, fueron ejecutados los tres jefes más caracterizados de los Comuneros de Castilla, Padilla, que había vencido a las tropas de Carlos V, mandadas por Ronquillo en Torrelobatón, Juan  Bravo y Maldonado en 1521.
Todavía hubo otras tentativas de insurrección por parte del pueblo como la famosa -también ahogada en sangre- de las germanías o hermandades gremiales de Valencia.

Y así fundó Carlos V el primer reich totalitario de Europa. Se aprovecho de la derrota sufrida por los nobles -aquellos antecesores de los modernos gangsters, que robaban, saqueaban, pedían rescate por los secuestrados que hacían- y dió la batalla al otro poder que había sido respetado hasta entonces, el del pueblo. Reunió en su mano todos los resortes del poder -contaba con su gestapo, la Santa Hermandad- y sus tribunales de sangre -La Santa Inquisición- poseía ejércitos invencibles y naves poderosas que surcaban todos los mares del mundo. El sol no se pone en mis dominios decía orgulloso al contemplar el azul Mediterráneo, brillante por los rayos del astro-rey, desde la rambla de Tarragona, aquel punto de vista del que, en otra ocasión dijera: “Mejor mirador no tengo en mis estados”.
¿Qué le faltaba para ser como Hitler quisiera ser? Tenía dominio sobre villas y haciendas, tenía su policía y su inquisición, llevaba la guerra al mundo entero, manejaba la diplomacia europea, traía las riquezas de sus colonias … su pueblo se moría de hambre.
El primer estado totalitario del mundo fue el estado español bajo Carlos I deEspaña.
El imperio de Roma, el Sacro Imperio Romano, la Alemania de antes de Carlos V, no fueron nunca sostenidos por un solo hombre. Estaban ligados a instituciones populares o nobles (patricios y plebeyos), en Roma, a la iglesia, en el otro imperio. Solo Carlos V dominó por si solo y osó, no solamente dar la batalla al pueblo español, destruyendo las tradiciones comunales de sus villas y ciudades, sino combatir al Papa, al que hizo prisionero. Ni más ni menos que Hitler hasta ahora, aunque, para ser menos que nuestro monarca español, parece que Hitler pactaría con el Papa.
Y es que, como alguien ha dicho, todo lo que ocurre en el Mundo ya ha tenido lugar en España. El nazismo alemán en el siglo XX persigue y expulsa a los judíos; la España de los reyes católicos en el siglo XV ya había hecho lo propio. En 1922, Mussolini proclama el estado totalitario en Italia: en 1.600 y pico, ya Carlos V había inventado el estado para España. La inquisición funcionaba en España y era olvidada en el Mundo, cuando una nueva forma de inquisición aparece en Italia, en Alemania y en la U.R.S.S. porque ¿qué otra cosa que inquisición es la persecución, el castigo y la muerte del que se atreve a pensar de forma distinta a la que obliga el tirano? La Checa, la G.P.U., la Gestapo no son sino recreaciones de la Santa Hermandad española. Y los movimientos modernos de federación por la base que preconiza “Ordre nouveau” ya tenían en Iberia su modelo en las comunas de Castilla, en las Germanías de Valencia y en los ayuntamientos de toda España.
Carlos V dio muerte a las libertades populares españolas, pero no les dio el golpe de gracia. La sangre de los comuneros castellanos, de los germanos (hermanos) de Valencia, etc. no había sido vertida inútilmente; había de fertilizar el campo de la libertad y, tímidamente, aparecieron nuevamente los fueros populares en que tuvieron que apoyarse los primeros monarcas de la casa de Borbón.
Y como prueba palmaria de ello, no tenemos más que volver la vista a estas tierras americanas para ver que la sombra de las libertades de la metrópoli se extendía por sus colonias de este lado del Atlántico. Es claro que los virreyes, los gobernadores, los funcionarios españoles en general, casi todos segundones de casas nobles y aventureros que lograron un puesto en las Indias, hubieran deseado destruirlas de una vez por todas, pero que estaba arraigado en el pueblo, era difícil extirparlo. Y este es el verdadero sentido de la liberación de América. Los liberales españoles que vemos en la independencia de América, un movimiento de independización de España, sino el más noble de españolización de América, españolización en el sentido popular, en el sentido democrático, que es la verdadera médula del pueblo español, es decir, la necesidad de tratar a estas tierras generosas el espíritu tradicional de la España vieja, por sobre los innobles procederes de los que mandaban allá y acá.
Por eso los patriotas criollos, todos ellos españoles o descendientes de españoles, deben ser considerados como patriotas españoles que querían fundar su patria libre en el suelo generoso que les sustentaba.

ENSAYOS (Tomo 10, pag 68)

” … Fue Carlos III quien, prolongando a través de los siglos la tradición jurídica del viejo derecho de asilo municipal para los siervos -que Carlos I había renovado y ampliado para las tierras realengas y para los dominios ultramarinos a favor de los indios que vinieron a refugiarse en ellos desde naciones extrañas, .disponiendo de 10 resuelto acerca de la libertad de los indios se entienda, guarde y ejecute aunque sea del Brasil o demarcación de Portugal, llevados a nuestras Indias y que en ellos también declaramos que ha y debe tener lugar” y que Felipe IV había confirmado mandando a las audiencias y gobernadores que “hagan poner en libertad” a los “indios dIg ntío del Brasil” que llegan a las Indias despachados por el gobierno del descubrimiento del Marañon … diciendo que son verdaderos esclavos” fue el mismo Carlos III quien proclama en otra real cédula, que los esclavos de colonias extranjeras adquirían la libertad por el solo hecho por pisar tierra de los dominios españoles de América.”

Para completar el cuadro de lo que fue el criterio liberal de derecho Hispánico,sigamos leyendo al Dr. Petit:

“Baste recordar aquí los diferentes intereses humanos que la legislación reconocía y amparaba a los individuos de las diversas clases de la población indiana: “a los esclavos, la vida, el sustento, la integridad corporal, la liberación eventual, la salvación del alma; a los indios, además, la salud, la libertad, la libertad de matrimonio, los privilegios de minoridad y de pobreza, la asistencia judicial, la propiedad, el salario, la moralidad, la cultura incipiente; a los blancos, además (y salvo los privilegios de minoridad y pobreza), las libertades de testar, de transporte, de petición, de correspondencia, el derecho a usar armas y andar a caballo, el derecho a la cultura”.

Claro es que estos derechos parecen en la actualidad bien poca cosa, pero no es solamente preciso compararlos con los que regían en otros lugares, sino que si bien se medita, veremos que en determinados países y bajo ciertos gobiernos, ellos no se aplican en pleno siglo XX. ¿De qué sirve, por ejemplo, que exista libertad de testar si te quitan todo aquello de que puedes disponer? ¿Qué importa que pueda uno transportarse libremente si no se dispone del tiempo para el viaje, empleado “obligatoriamente” en maniobras militares, mítines políticos, etc., etc.?
Revolviendo en los archivos -nos dice el mismo autor- (pag. 69) encontramos entre otras muchas, diligencias realizadas por el Escribano de Gobierno de Montevideo, Vianqui en 1802, cuando en poner en libertad por mandato judicial a un esclavo por haber huido del Brasil por buscar el asilo de la tierra española, hace constar que el negro fue impuesto en su natural libertad porque también los negros eran considerados libres originariamente, y la abolición de la esc1avitud fue, por ello, proclamada dos siglos antes que por ninguna otra raza de la tierra, antes que por los cuáqueros de la América inglesa, antes que por las páginas del “Etíope rescatado”, del brasileño del siglo XVIII, antes que los Montesquieu y los Condorcet, los Wilbeforce y los Seward y todos los grandes paladines de esta causa de la humanidad,por sus doctrinas originales de España que adquirió presencia y desenvolvimiento desde el siglo XVI a través del pensamiento de Domingo de Soto, de Mercado, de Bartolomé Albornoz, de Molina, del propio Bartolomé de las Casas, contrario en un principio a ella, de Fray Benito de la Soledad, de Avendaño, de Alonso de Sandoval y, casi de Domingo Muriel, el publicista de los “Fasti Novi Orbi” y del clásico “Derecho Natural de Gentes” que adquirió títulos para el reconocimiento de una nacionalización espiritual rioplatense por la alcurnia intelectual que confirió a su cátedra de la Universidad de Córdoba.
Lo que acabamos de decir es una pequeña muestra de que suponía la esencia liberal de la tradición española opero, aunque tangencialmente al tema, no tenemos más remedio que dedicar unos minutos a dos aspectos interesantes de la legislación ibérica: la propiedad y la evolución de su derecho, y la justicia.
Digo tangencialmente ya que -al no tratarse directamente de los municipios­ tienen relación con él, y bastante íntima.
Allá por los años 1920, estaba yo en contacto con el gran español D. Julio Senador Gómez, conocido por “El Notario de Frómista”. Autor de varios libros de índole colectivista agraria: “La Canción del Duero”, “Castilla en escombros”, etc. Leía, pensaba, escribía sobre estos temas, mientras ejercía las prosaicas funciones de escribano en el pueblo de Frómista, de la región palentina. Había sido amigo de D. Joaquín Costa y era su entusiasta admirador. Como Costa, era partidario de las doctrinas de Henry George. Medio paralítico, modesto y de carácter muy independiente, nunca tuvo apoyo oficial ni particular -ni lo solicitó- y por eso quedó al margen de toda clase de funciones sociales esa gran inteligencia y ese noble corazón.
Unos cuantos amigos sosteníamos correspondencia con el Notario de Frómista y formamos la “Liga española por el Impuesto único” . Esta entidad llegó a tener gran número de afiliados, sobre todo en León, Castilla y Andalucía. El golpe de estado de Primo de Rivera paralizó todos los trabajos. Pero he hecho esta pequeña discreción para dar a conocer un nombre que descubrimos los amigos de la Liga. Buscando entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid, algo que con la propiedad territorial de España se relacionase, encontramos uno de gran importancia. Se trataba de un secretario de Hacienda del rey Felipe II, su nombre Dn Francisco Centani.
Proponía en su manuscrito a su señor, el rey, el establecimiento de un impuesto a la tierra libre de mejoras, en tal forma que equivaliese a la renta de la misma, con lo cual el Estado sería propietario virtual de la tierra y los dueños se convertían en arrendatarios o aparceros. De esta manera, decía, los que tienen la tierra se apresurarán a edificar sobre ella, a procurar efectuar obras de riego, etc. a fin de que produciendo más, en la forma que fuera, sea posible pagar el impuesto y aquellos que no las explotasen de por si, se verán obligados a venderlas o cederlas a quienes pudieran hacerlo.
Fueron sacadas copias del célebre manuscrito y editado profusamente por cuenta de la Liga al objeto de difundirlo. Es realmente lamentable que los ejemplares que estaban en mi poder, junto con otras publicaciones de la Liga se hayan extraviado, pero no pierdo la esperanza de poder encontrar algún día el manuscrito en la Biblioteca de Madrid. Ahí tenemos otro español precursor. De dos siglos se adelantó a Henry George, pues en el fondo y hasta en la forma, su teoría es la que sustentaba el célebre sociólogo americano, que desconocía -seguramente- el proyecto de Centani, pero no las doctrinas de los fisiócratas franceses a los que cita en su gran obra.
Pero en realidad, tampoco Centani fue el verdadero inventor del ideal colectivista. Proyectó dar una forma más práctica a una antigua costumbre que no sabemos si era practicada en otras regiones, además de la Granadina.
Voy a transcribir un párrafo de Joaquín Costa que tiene la ventaja de que en pocas líneas aborda dos o tres temas de la misma índole.

La formula. II

“Sabido es -dice Costa- que todas o casi todas las tierras y casas del Reino de Granada, especialmente en La Alpujarra, estuvieron nacionalizadas, fueron propiedad civil de la Nación, acensuadas en suerte de extensión fija a los moradores, por espacio de doscientos veintiséis años, desde 1571 a 1797, realizando por adelantado el ideal colectivista de George. Pues fundado en ese trascendentalisimo precedente patrio e invocando además la autoridad de Melchor Gaspar de Jovellanos, don Claudio Moyano propuso a las Cortes de 1855, respecto de los bienes de propios una solución análoga a la que Flores Estrada había sometido a las Cortes en 1936 respecto a los bienes del clero, sin más diferencia que va de municipalizar a nacionalizar; tal era repartir dichos bienes a enfiteusis condicional, renovándolo cada 50 años para que con su canon se cubriesen las necesidades del Municipio. La tendencia era sana y, en todo caso, dejaba abierta la salida a más científica y racional organización.”
Hasta aquí el párrafo de don Joaquín Costa, pero yo quisiera que se llegase a comprender bien claramente lo que en realidad representaba la vieja organización de España y esto se verá fácilmente al leer este otro párrafo del mismo autor, publicado en su obra póstuma “La fórmula de la agricultura española”, en la que nos muestra lo que durante el decurso del siglo XIX se ha robado al pueblo por medio de leyes publicadas en la Gaceta.
Pag. 168
“Esas leyes han sustraído a las clases menesterosas cinco enormes patrimonios, que componen al presente, en manos de los que fueron sus legisladores, o de los derecho-habientes de los legisladores, y de sus partidarios, auxiliares y protegidos, la mayor parte de la riqueza territorial de la península: 1 a La servidumbre (condominio, más bien) de pastos de restrojera y barbechera, de que una ley de 1813, sostenida después hasta el Código Civil, expropió al vecindario de los pueblos en beneficio de los terratenientes, sin indemnización. 2a El condominio o derecho real representado por el diezmo eclesiástico, que gravaba a la propiedad inmueble, y de que varias leyes de 1821, 1837 Y 1840 expropiaron a la iglesia en provecho exclusivo de los terratenientes, no a favor de la Nación, obligada desde entonces a costear con los tributos ordinarios el servicio a que dicho diezmo estaba afectado. 3a La parte de usufructo que alcanzaba al pueblo, en diversas maneras indirectas, sobre las heredades de las iglesias y Monasterios, con cuyo producto se atendía a obras benéficas. 4a Los bienes de propios que se vendieron, no a utilidad de las clases desheredadas, sino a favor de la Hacienda Nacional, a la cual se hizo el regalo de la quinta parte, y para la dotación de una clase parasitaria de agentes, regidores, diputados, etc. al alcance, cuyas rapiñas se ponía el 80% restante en el hecho de poner en el hecho de reducir 10 inmueble a bienes nobiliarios. 5a La quita de la cuarta parte de los bienes de aprovechamiento común, de que otra ley (1888) expropió a los vecindarios en beneficio de la Hacienda Nacional.
Esos bienes eran -termina Costa- “el pan del pobre”, su mina, su fondo de reserva, diríamos : El banco de España de las clases trabajadoras; y la desamortización tal como se ha hecho, ha sido el asalto de las clases dominantes a ese Banco.”
De manera que si aún quedaba en España una legislación que favorecía al pueblo, aún después de todos los despojos de que fue víctima desde el siglo XV, sucesivamente, bien nos podemos imaginar cómo estaba cimentado el poder del pueblo y de sus comunas en la edad media.
Bien es verdad que la civilización árabe una serie de medidas de orden social y cultural que no pudieron ser abolidas de un plumazo. Los señores, los condes, los Reyes cristianos de León, de Castilla, de Aragón, tan rudos como de noble corazón, al chocar con la cultura musulmana, no pudieron deshacerlo. Los vencidos por las armas imponían su ciencia, su arte, su civilización, en parte a sus dominadores, y de ese choque espiritual, fue engendrada una nueva forma en la que primaban la tolerancia y la comprensión. Hasta en el peligroso terreno de la religión y la filosofía, ellas estaban presente, y la misma reina Isabel I, decía que en los pueblos de sus estados, no hacían sombra las mezquitas a los templos. Tampoco estos la hacían a las sinagogas y fue preciso que se expulsara, primero a los judíos y después a los moriscos para que pudiera fundamentarse el estado totalitario y retrógrado español.
Para demostrar que en España se había cultivado un sentido democrático desde la edad media, que se extendía, no solamente a la propiedad del suelo sino a la misma administración vaya trasladar un pasaje del ya citado Dn. Joaquín Costa, en que podemos apreciar que en el terreno de la justicia y del derecho habían logrado nuestros antepasados. Dice así el sabio maestro: “En el siglo XII se estableció el gobierno representativo llevando a las Cortes el brazo popular, antes que en ninguna otra nación de Europa, equilibrando los poderes y las clases y encerrando en sus debidos límites, la autoridad real, en aquél famosísimo “privilegio general”, base de la libertad civil-dice un historiador inglés (Hallam), acaso más amplia y más cumplida que la de la Carta Magna de Inglaterra.
La terapéutica política había discurrido había discurrido curar la anarquía con el despotismo y el despotismo con la revolución, un mal con otro mal. Aragón halló dentro del derecho un preventivo, y puso entre la anarquía y la tiranía la magistratura del “justicia”, piedra angular de su constitución política, creando la única forma nueva de gobierno que ha aparecido desde Cicerón y Polybio hasta nuestros días.
España aplicó el jurado a lo político antes que Europa pensara aplicarlo a lo civil, en aquél famoso “Compromise de Caspe” espectáculo nuevo en la historia de la humanidad, donde cinco pretendientes al trono vacante, defendieron su pretensión como en un pleito ordinario, delante de nueve jueces compromisarios salidos del claustro y del foro que adjudicaron la corona, no al más fuerte, sino al que acreditó mejor derecho.
Con el conde de Aranda, España adivinó el advenimiento de la época moderna y fue uno de sus más gloriosos y activos precursores introduciendo en el gobierno del municipio un principio de sufragio y llamando a él al elemento popular, alejado de la vida pública desde la derrota de Villamar, creando las escuelas públicas de primeras letras, gratuitas para los pobres, emprendiendo la colonización de sierra Morena, oponiéndose a que se declarase la guerra a la República Francesa y proyectando la emancipación administrativa de las colonias antes de que fuese doctrina en Inglaterra, antes de que se visualizara siquiera en Europa., en aquél vasto plan político de tanta elevación, tan superior al pensamiento de su siglo, que por mucho tiempo se ha dudado de su autenticidad.”

Hasta aquí la pluma brillante de Costa, que quiero dejar cerrado con estos párrafos magníficos la parte de esta charla que dedico al pasado remoto.

Conocidos ya los antecedentes de la democracia española, que durante tantos siglos tenía su ambición en el pueblo, aunque desgraciadamente, desde la época de Villamar fuera perdida en la estructuración general de la Nación, voy a intentar cumplir la segunda parte del tema que me había impuesto, la más peligrosa, sin duda, pues de ella es casi imposible tratar de una manera puramente objetiva, ya que la apreciación personal juega un importante papel-
¡El error de la segunda república española!
Cada grupo político, cada grupo social, cada persona, incluso, tiene su concepto formado de este hecho histórico.
Quien pretende que la legislación social fue demasiado deprisa.
Otro sostiene que fue demasiado apocada. Estotro asegura que hubiera sido preciso implantar los “soviets”. Aquel afirma que se prescindió de los tradicionales sentimientos religiosos del pueblo. No faltan los que hubieran querido dar todo el poder a los sindicatos y algunos habrían deseado una república teocrática.
Una cosa se echó de ver desde el principio. Que el Rey estaba de más. No era cuestión de discutir el problema: monarquía o república. La república en abril de 1931 se impuso por si sola. Pero variar el nombre del régimen político sin variar su esencia no era nada.
La república incipiente así lo comprendió y convocó Cortes constituyentes para elaborar la Carta Fundamental del nuevo Estado.
Ese fue el mayor triunfo del régimen que hace poco más de un año ha sido aplastado por la bota militar, por el rosario de los eclesiásticos y de las beatas, por la técnica guerrera del nazismo, por las armas del fascismo y hasta por la cobardía de los plutócratas.
Aquella república, cuyo advenimiento causó el asombro del mundo, reputándolo como el caso más maravilloso de un cambio de régimen sin derramamiento de sangre y por solo el libre juego de la voluntad popular en comicios libres (es decir, que se consideraba como la culminación de la democracia llevada a la práctica), no fue fiel a su limpio origen y a su inmaculado nacimiento.

La responsabilidad no puede recaer, ciertamente, en un pueblo que supo mantenerse espléndidamente sereno durante todo el proceso de la monarquía, cuando escuchaba desde fines del año 29 y durante todo 1930, las oraciones llenas de misticismo liberal de Unamuno, los discursos saturados de materia jurídica de Alcalá Zamora y Azaña, las sabias elaboraciones económico-sociales de Prieto, las voces patriarcales de Cossío y Madinaveitia… en veladas llenas de entusiasmo del Ateneo de Madrid, en meetings monstruos como los del Europa y Plaza de Toros, y tantas y tantas reuniones en que vibraba el entusiasmo, viéndose ya dueño de sus destinos.
Algunos han dicho que el Gobierno provisional no debió convocar elecciones constituyentes, sino pasado más tiempo después de las municipales que dieron el triunfo a la nueva forma de gobierno y que sufrió un empacho de legalidad.
Las Causas no han de ser analizadas ahora, ni tampoco el que os habla tiene autoridad para ello. Pero sí tiene, como cualquier ciudadano, un mínimum de espíritu critico que le permite analizar los efectos de la labor de la 2ª república española.
Y no en vano hemos hecho juntos algunas incursiones en el pasado durante el curso de esta charla. Apliquemos ahora que hemos podido aprender. Concretemos.

España ha sido grande, no porque su pabellón ondeara en los siete mares, ni porque fuera impuesta la voluntad de un monarca en tantos y tan diversos lugares del mundo, no porque sus ejércitos libraran con varios éxito batallas importantes en Europa, Africa y América, no por el esplendor de su Corte- sino porque ha dado al mundo una obra en arte, en ciencia, en literatura, en política. Su lengua maravillosa se ha extendido por el mundo, precisamente porque España tenía algo que decir y lo que tenía que decir era su culto por las libertades del pueblo, dar a conocer la obra de sus Cortes, de sus fueros, de sus comunidades, de sus alcaldes, de su justicia, que lo otro que traía, el catolicismo, lo decía en latín.
Y, siendo así que el verdadero fundamento de la España gloriosa está en sus Ayuntamientos y en sus comunidades y mancomunidades, la república española de 1931, no basó su existencia en la célula primaria de la patria vieja.
Los españoles tenemos un gran defecto. No podemos ser “istas”, somos “antis”. El demócrata más demócrata es anti-absolutista; del mismo modo que el monárquico es, sobre todo, anti-republicano. Más que comunistas, hay anti-fascistas. De igual suerte, hay más anti-marxistas que falangistas, en el fondo.

Precisamente hace dos días ha caído en mis manos un tomo de la revista madrileña “LA RAZON” correspondiente al año 1861, es decir antes de la primera República española. No resisto a la tentación de leer parte de un artículo, una carta abierta dirigida por un hispano- americano, el Sr J. M. Samper, al demócrata español José Maria de Orense. Está fechada en Londres (18 de diciembre de 1860) y en ella se puede ver, no solamente lo que acabo de decir, sino también la verdad de que el sentimiento democrático estaba muy desarrollado en España en el siglo XIX, aunque las distintas fracciones del republicanismo no se entendieran muy bien entre ellas, exactamente lo mismo que ha ocurrido en el año 1931. (“La Razón, tomo II pg. 222”)
Sé que “La Discusión” está empeñada en este momento en un debate de la mayor importancia, en que Ud. sostiene las doctrinas puramente económicas, mientras que el Sr Garrido es el defensor de la idea socialista, tomada, según creo, en su acepción más vasta y más inofensiva. Además conozco el giro que los demócratas de España han dado a la polémica política y a la discusión filosófica o científica. Estos elementos me estimulan a emitir ciertas opiniones que considero pertinentes respecto de la democracia española.

“¿Me permitirán Ud. y sus dignos compañeros de trabajo, intervenir en el debate? Puesto que no tengo de manera alguna la pretensión de formular un fallo, sino apenas el deseo fraternal de concurrir a una discusión que a todos nos interesa nada aventuraré al contar con la aquiescencia de Vds.
Pero algún español del antiguo cuño dirá: ¿por qué un demócrata de Hispano­ América se ingiere en una discusión puramente española, al parecer? La respuesta es sencilla. España es la patria de mi raza, de mi lengua, de mi literatura, de mis abuelos; y aunque la independencia está por medio entre América y España, niego absolutamente que la independencia divorcie a las nacionalidades ni destruya la solidaridad universal de las ideas y de las causas justas. Hispano-América tiene inmenso interés en el progreso de la democracia española, en la gloria y el engrandecimiento de España. Y en todo caso, como demócrata, mi causa es cosmopolita y no tiene colores nacionales.
Entremos en materia.
Permítame Ud. que le diga francamente, no obstante el respeto que tengo por Ud. y los demócratas de España, que, en mi concepto, la democracia española no ha sido bien encaminada por sus eminentes escritores y oradores. Cuando estuve en Madrid en 1859 y recorrí las principales comarcas de España, pude convencerme, por observaciones personales que confirmaron mis lecturas, de la verdad de las siguientes proposiciones:
Primera.- Que el pueblo español es, a pesar de la educación político-social que le ha dado el despotismo desde el siglo XVI, el pueblo más fundamentalmente demócrata que existe en Europa, y el mejor dispuesto a entrar sin sacudimiento alguno en la vía de la democracia.

Segunda.- Que en España hay en las masas una profunda intuición democrática (fundada en mucha parte en la tradición gloriosa de las comunidades y los fueros), un instinto, una aspiración vaga y anónima, pero que en definitiva tiende a la adquisición de la libertad, de la igualdad y la justicia; y sin embargo, faltan en estas masas las convicciones o las nociones de la democracia.

Tercera. – Que en la clase media, y aún en una parte de la inofensiva aristocracia española, hay una gran falange de verdaderos demócratas; pero la falange dispersa, sin lazos de unión estrecha, sin fuerza como partido, dividida en sectas o escuelas que, estando de acuerdo en el fondo de las cosas, no se pueden entender para crear la unidad democrática porque se dejan dominar por el absolutismo de los sistemas y del tecnicismo que les es propio.

Cuarta.- Que los escritores demócratas, con rarísimas excepciones, han dado al debate una dirección que hace infecunda la propaganda democrática y aleja mucho el día del advenimiento de la democracia al predominio en España.

Algunas reflexiones de cada uno de estos puntos evidenciarán la exactitud de las anteriores proposiciones.
Es para mi cosa fuera de duda, que si Carlos V y Felipe II destruyeron, con su despotismo atroz, sus guerras y la inquisición, la democracia española -la primera, la primera y la más sólida y fecunda que existió en la Edad Media- no por eso lograron liquidar los instintos democráticos del pueblo español. Esos instintos no solo han vivido con tenacidad en la sangre, en el sentimiento, del honor y se han fortificado con la topografia de España, sino que se han nutrido con las tradiciones de los antiguos reinos, de la guerra contra los árabes, de la conquista de América, de la lucha por la independencia.
Si las costumbres del pueblo español revelan ese instinto y esas tradiciones, no solo en Castilla y Navarra y las provincias vascongadas -que son casi repúblicas- sino en Aragón, las Castillas y aún las Andalucías y otras provincias, por otra parte, la historia política de España -frecuentemente gobernada por Ministros salidos
del pueblo, como lo fue America por conquistadores plebeyos elevados por sus proezas a las más altas dignidades -la organización del ejército actual y las condiciones de la aristocracia, prueban que España es el país donde han echado menos raíces las instituciones de la feudalidad.

(Véase la página extra)

No hay ni ha habido en Europa una aristocracia más inofesiva para el pueblo como la española. Ella, en realidad, no es una clase; carece de influencia y poder como tal; sus costumbres la ligan estrechamente al pueblo y no es de ella de donde pueden nacer en España los peligros para la libertad. (Ni la falange es ahora de origen
aristocrático, ni lo fueron los militares que trajeron la dictadura de 1923)
Pero ese pueblo español, que tiene tan hondamente arraigado el sentimiento de la personalidad y el instinto de la igualdad- gracias a esa noción heroida del honor, que ha sido y es la religión politica de la Nación- carece, sin embargo de las convicciones razonadas de la teoria del derecho democrático. y esto es muy natural, si se tiene en cuenta la detestable educación política y social que los gobiernos absolutos le han dado a ese mismo pueblo dotado de tan admirables instintos y nobles tradiciones. Sus ideas se han embrollado de tal modo con el transcurso de los siglos y los malos ejemplos de la autoridad en los tiempos del despotismo, que ha perdido la
meta del progreso, habituándose a considerar como justo y perfecto lo inmoral, estancador e inicuo.

Por tanto, la democracia no podrá desarrollarse en España, sino dando al pueblo una nueva y radical educación. Es esta la que inspirándole convicciones democráticas, es decir, de justicia y de progreso, le fortificará sus instintos democráticos. Todo pueblo para ser libre necesita dos condiciones: el instinto y la convicción de la libertad. El primero solo, es impotente y aún peligroso, por ser fácilmente explotable en mal sentido. La convicción sola, dado el caso de que fuera posible sin el instinto, se disiparía con la mayor facilidad por falta de solidez en su base. La obra de los demócratas ilustrados debe, pues, consistir en crear esa convicción democrática ¿Por qué medios? Esa es la gran cuestión.”

Hasta aquí la carta del Sr. Samper. Siguen algunas consideraciones sobe las soluciones que daba -para aquél momento- y que consistían en el entendimiento de las tres tendencias, o tendencias, que existían en España; la de los políticos, la de los filósofos (del Ateneo de Madrid) y la de los economistas (Asociación para la reforma aduanera, con Felix de Bona, Sanromá, Carballo, etc.)
Parecería que la carta, cuyos principales párrafos hemos copiado, fuera escrita para nuestros días. El panorama político d la España de 1930 era muy semejante al de 1860.
Un instinto y más aún, un vago anhelo de libertad en el pueblo, y un afán de concretizar en una forma nueva de gobierno -la republicana- en muchos políticos, hombres de ciencia y economistas.
Partidos políticos republicanos, solo había el viejo acaudillado por Lerroux, que se entendía maravillosamente con la forma monárquica, el casi inexistente federal en que formaban descendientes de grandes repúblicos de 1870, pero sin plasmar en forma popular alguna y el socialista que, ante todo era de esencia económica, pero que contaba con grandes masas que agrupadas en sindicatos de la U.G.T. constituían una fuerza evidente y temida.

El partido republicano radical (Lerroux) carecía de ideario propiamente dicho. En 1919 convocó un Congreso llamado de la Democracia. Acudieron centenares de individuos y de delegaciones que laboraron enérgicamente en distintos puntos del programa presentado. Después de varios días de reuniones, sesiones, discusiones de ponencias, etc. todo aquél tinglado se vino abajo pues, aunque se imprimieron los acuerdos tomados en el Congreso, después de dos meses, nadie se acordó del asunto, porque los propios dirigentes del partido preferían mantenerlo en forma de entelequia y elevar, en cambio el pedestal en el que colocaban al jefe del partido, el emperador del Paralelo. A Dn. Alejandro Lerroux, en efecto se le conocía con ese apelativo. En Barcelona se le conocía con este apelativo. En Barcelona ejercía verdadera influencia política. Contaba desde mil novecientos y pico con su “chacra” que era una asociación de jóvenes que a si mismos se denominaban “jóvenes bárbaros” y vinieron a ser el germen de los pistoleros. Una importante vía de la Ciudad Condal era la llamada “Paralelo”. Gozaba de la peor famita porque en ella se agrupaban cabarets, garitos de juego clandestinos, casas non sanctas, etc, etc. Los primates del partido se contentaban con obtener algunas bancas en la Cámara y en los ayuntamientos de algunas ciudades, lo que les daba influencia política suficiente para manejar negocios más o menos sucios, como por ejemplo el muy turbio de las Aguas de Dos Rius en Barcelona. Lerroux presionaba sobre los gobiernos monárquicos, llegando hasta a amenazar con disturbios, hasta el punto de que D. Antonio Maura, estadista austero y honrado, aunque bien reaccionario en una alusión en el Congreso al Sr. Lerroux, le llamó “Contratista del orden público”.
Muchos republicanos de corazón y aún monárquicos que veían la profunda sima a que Alfonso XIII precipitaba al país, incapaces de tolerar a Dn. Ale, fundaron partiditos republicanos acordes con sus propias ideas político-sociales y así vemos surgir al Partido Radical Socialista de Marcelino Domingo y Álvaro de Albornoz, y el partido de la Derecha Republicana de Alcalá Zamora y Miguel Maura, bienquisto de los curas y sacristanes.
Existía, sin embargo, un partido que se consideraba descendiente directo de los federales de 1873, de los Pi y Margall y aquella pléyade de hombres rectos, sinceros y demócratas que prefirieron abandonar el Poder en manos de generales que manchar las suyas con sangre hermana. Pero este Partido Federal, pese a que en 1930 contaba con una juventud llena de bríos y perteneciente a las clases más cultas de la clase media, tenía escasísima importancia política, pues sus directores, aún siendo hombres rectos y sabios, eran inadaptados a la época en que vivían.
La masa más importante está formada, como antes dijimos, por el Partido Socialista con sus líderes, los catedráticos D. Julián Besteiro, y D. Fernando de los Rios, el formidable político y orador, Indalecio Prieto y el jefe sindical Largo Caballero.
El partido Comunista no contaba apenas. Los mítines que organizaba en Madrid y algunas capitales reunían a duras penas un millar de auditores. La C.N.T. no actuaba en política. Se había comprometido, eso sí, a secundar los movimientos republicanos de diciembre de 1930 utilizando la huelga general, pero lo cierto es que la huelga general no se produjo, ni en ciudades como Barcelona y Sevilla en que las sindicales obreras tan controladas por la C.N.T. ni en otras como Madrid y Bilbao, en que el control lo llevaba la U.G.T. de tendencia socialista.
Lerroux había sido dejado fuera de la combinación revolucionaria y el Comité que se había fundado en el Ateneo de Madrid y que presidía Alcalá Zamora, funcionaba sin la presencia de ese viejo líder. Sin embargo, este exigió formar parte de él. No sabemos qué razones aduciría aunque hay quien supone que fueron de orden amenazador,pero el caso es que un buen día apareció en la lista del Comité y Gobierno provisional de la futura República el nombre de D. Alejandro como Ministro de Estado. (Relaciones Extranjeras).
Ofrecía este Comité al pueblo librarles de las cadenas de la monarquía y de la opresión, darle un gobierno democrático, terminar con los negociados del Rey y de la pandilla palaciega, etc. El pueblo entusiasmado, se sintió republicano, pues veía en la república la panacea que curaría todos los males, sin pedir explicaciones de cómo iba a efectuarse el remedio yen qué consistía, cosa que los miembros del Comité nunca habían hecho.
Causó desilusión en el pueblo ver que había fracasado la huelga revolucionaria que tenia que haber seguido a los movimientos de Jaca y del aeródromo militar de Cuatro Vientos. Probablemente habría terminado la aventura republicana sin la sangre vertida de los héroes de Jaca, los capitanes Fermin Galán y Hernandez. El fusilamiento de estos hizo reaccionar a las masas y el proceso y el proceso de los miembros del Comité que habían sido detenidos se convirtió en meeting político.
La propaganda se hizo casi sola y las huelgas revolucionarias de los estudiantes mantuvieron el fuego sagrado de la causa de la Libertad.
Así llegamos a la jornada electoral del 12 de abril de 1931 en que triunfaron en casi todas las grandes ciudades y en muchas pequeñas, los candidatos republicanos y socialistas que luchaban unidos.
Los resultados de las elecciones se conocieron el mismo día 12 por la noche. El día 13 se organizaron manifestaciones republicanas en la calle que la fuerza pública -la temida Guardia Civil- acogió con débiles disparos. El día 14 siguieron las manifestaciones y disturbios, pero ya la Guardia Civil no utilizó sus tercerolas y hasta fraternizó con el pueblo. Por la tarde el jefe de ese Instituto, general Sanjurjo tomó partido por la República y el día 15 se proclamó esta, mientras el Rey huía velozmente a Francia, en un buque de guerra que el gobierno provisional había puesto a su disposición para llevarlo a Marsella. Ese buque enarboló el pendón real, no se sabe si como galanteria final del Gabinete republicano o como muestra de vasallaje de los marinos monárquicos al servicio de la República.
Ya tenemos la república instaurada en España … pero sin un programa definido, sin objeto inmediato …
Recordemos lo que nos dijo el Sr. Súper. El pueblo español es democrático por intuición, tiene el sentido de la democracia, más bien el instinto, pero no sabe lo que es.
Y yo me atrevo a decir. La intuición, el instinto que tiene este pueblo es el recuerdo inconsciente de sus libertades municipales, de sus fueros y de sus libertades regionales. La Democracia en España y creo que en todas partes, es algo que va de dentro a afuera, de abajo a arriba. Tenía que haberse ido a un sistema federativo de municipios autónomos y, no solo de municipios, pues hay que ponerse a tono con la técnica moderna, sino también de agrupaciones agrarias, industriales, pesqueras, etc.
El conjunto o federación de todas ellas constituiría la nación española. Entonces tendría razón de ser la Mancomunidad de Cataluña, por ejemplo, pues no habría sido algo de formación artificial, desde arriba, sino una fuerza de carácter centrífugo que animara y diera su parte de vida al resto. No es lo mismo la llamada de la campana campesina a los fieles de la aldea (fuerza centrípeta) que no la expansión de la vida de la aldea al resto de la humanidad.
No habría hecho falta -quizás- convocar a comicios electorales sin dar tiempo siquiera al pueblo, al cuerpo electoral, a reaccionar de la etapa que comenzó en setiembre de 1923, cuando Primo de Rivera con Alfonso XIII dio el golpe de Estado y terminaba en abril de 1931. Cerca de ocho años de ilegalidad! Por decretos, verdaderos usases, se derogaban leyes, y por otros decretos se creaban organismos oficiales y se conferían atribuciones que invadían todas las actividades del país.
Se derogaban las Cortes; se engendraba la llamada Asamblea Nacional de nombramiento directo, se imponían multas que el mismo gobierno llamaba cínicamente extra-legales, se encarcelaba y se deportaba gubernativamente, sin formación de causa, etc., etc.
Después de ese período de anarquía gubernamental, si esa palabra es permitida, la República quiso mantenerse en los más estrictos limites de la legalidad y tuvo prisa en elaborar las leyes por las que iba a regirse.
El error, a mi modo de ver, fue encauzar desde el primer momento, el nuevo Estado, por el canal que la auténtica democracia, bien vieja, de España, había comenzado a trazar, por los derechos y libertades de los municipios, que constituyen la más gloriosa tradición del pueblo hispano.
Si hasta el mismo origen de la República parecía marcar ese rumbo, ¿No advino, acaso, como resultado de una elecciones municipales?
Quisieron los gobernantes dejar al pueblo toda la labor, pero no pudieron cargarle con la responsabilidad histórica. El pueblo salía de una etapa de letargo impuesta por la dictadura. Tenía, antes de emprender su trabajo, de desperezarse,estirar sus miembros, ponerse a tono. En cambio de esto, comenzó -no bien acababa de incorporarse a 1a vida libre- a escuchar las propagandas más dispares, a sentir las voces de la demagogia, a sumirse en un mar de confusiones, pues cada partido, cada líder, decía algo bueno -impresionante- entre el fárrago de los mayores desatinos.
No era “democracia” lo que se predicaba, era un “agítese antes de usarlo” de una mezcla de conceptos democráticos, de muy difícil digestión.
Enfocado desde el punto de vista de los fueros de la comuna y de las libertades tradicionales, encuadrado en el marco de la vieja esencia democrática española, partiendo de la base auténtica que la historia de España presentaba con claridad, no hubiera sido necesario el artificio del regionalismo desde arriba, la mancomunidad ficticia, la misma ley agraria, que, de un plumazo han podido ser abolidas, sin dejar rastros, por ese general al que llaman “El Caudillo”.
Y la obra de la República, con ser magnífica en la mayor parte de sus aspectos, – enseñanza, leyes obreras, previsión social, laicismo, etc.- ha sido estéril, porque le ha faltado la célula madre que formó la Democracia española.
Ello no quiere decir que se ha perdido todo. Al contrario. A pesar de los errores cometidos por los gobernantes republicanos, ha quedado vivo -y hasta reavivado por la experiencia republicana- el sentimiento popular de amor a sus tradicionales libertades, que constituyen la médula del verdadero españolismo.

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