Ofrenda. A los uruguayos caídos en la Guerra de España, un poema de Cipriano Santiago Vitureira

De nuevo agradecemos a Niall Binns, responsable del proyecto de investigación El impacto de la Guerra Civil Española en la vida intelectual de Hispanoamérica, que nos haya dado a conocer el poema “Ofrenda. A los uruguayos caídos en la Guerra de España, del poeta y crítico uruguayo Cipriano Santiago Vitureira (1907-1977). Leemos en internet que se trató de un prolífico autor, que publicó varios libros de poesía, ensayos sobre Antonio Machado, Cecilia Meireles o Manuel Bandeira, y libros de crítica de arte. Se le recuerda también por su conocimiento y difusión de la cultura negra, y de las tradiciones culturales brasileñas. Se ha dicho que forma parte de la generación post-modernista, que junto a Basso Maglio, Jesualdo, Juan Cunha, Roberto Ibáñez, Sara de Ibáñez, Ortiz Saralegui, entre otros, comenzaron su fogueo del año veinticinco al treinta. En concreto nos interesa aquí su libro Océano, publicado en 1943. En él se incluye el poema “Ofrenda. A los uruguayos caídos en la Guerra de España”. Aunque no se citan los nombres de ninguno de los uruguayos muertos en España, las referencias a la muerte que llega del aire y a Mercedes hacen referencia a Luis Tuya, Tacuarembó a Antonio Pereira  y/o a Román López Silveira, la Capital -Montevideo- perfectamente a José Ramón Facal, pero, de momento, no podemos asignar ninguno de los voluntarios que fue a España con Rocha. Son interesantes estas referencias porque al final del poema hay una nota indicando que el “poema fue recitado por su autor en “Casa de España” de Montevideo, en el acto organizado por el Comité Nacional de Ayuda al Pueblo Español -Marzo de 1941-, en homenaje a los uruguayos muertos en la Guerra de España y en presencia de los familiares de los héroes caídos”. Gracias a Justica, el órgano de prensa del PCU, del día 21 de febrero, sabemos que ese acto donde se leyó el poema seguramente sea el que se anuncia para el sábado siguiente, con un gran titular: “El sábado casa de España homenajeará a los uruguayos caídos por la República”. Así que seguramente el acto ocurrió a finales de febrero, y no en marzo, pese a la nota al pie que figura en la publicación del poema en 1943.

homenje casa de españa

  Justicia, 14 de febrero de 1941

De hecho en el número de Justicia del 14 de marzo, vemos que la actividad en Casa de España tenía la misma intensidad que durante la guerra, ya que ahora el tema preocupante eran los refugiados españoles. Días antes veíamos las multitudinarias manifestaciones que reclamaban un barco para los refugiados españoles. Para el día 16 de marzo, domingo, se anunciaba un “Gran homenaje se realiza en Casa de España”, en la C/ 18 de Julio, 1321, organizado por la Comisión de Damas Pro Ayuda al Niño Español Refugiado, en donde también se homenajeó a María Teresa Zerpa de Ortiz Saralegui, ex-Pesidenta, y Raquel Berro, ex-Secretaria, por su incansable trabajo desde 1936 para apoyar al bando republicano y para, una vez terminada la guerra, conseguir que el gobierno uruguayo se comprometiera con los refugiados españoles. Se trató de un cocktail, que comenzó a las 18 h., en donde se pudo disfrutar de una “interesantísima oratoria” y cuyas entradas costaron 0,25 pesos para los mayores y 0,10 para los menores.

En la página anterior de ese mismo número podemos ver una fotografía de la citada Casa de España, y del cartel que se colocó en el balcón, mirando hacia la principal avenida de Montevideo, reclamando que todo el mundo se comprometa con la financiación del barco panamericano Novicet, para el rescate a los refugiados españoles.

cartel casa de españa

   Justicia, 14 de marzo de 1941

Estos actos de marzo de 1941, además, fueron los últimos de los variados comités y comisiones de apoyo a la república española, ya que en el número del 28 de marzo de 1941 de Justicia se indica que los comités de ayuda al pueblo español se reconvierten en comités de lucha contra la guerra imperialista, tanto de los nazis y Japón, como de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Os dejamos con este bello poema.

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 Del libro Océano

 Ofrenda

A los uruguayos caídos en la Guerra de España[i]

A Cesar Vallejo

Muertos de España y míos, muertos útiles;

permitid que penetre vuestra nube de acentos,

qua visite emigrado vuestra paciencia sola,

que reviste marcial vuestra sonrisa  en serie…

 

Yo, presunto y lejano soldado de una fiebre,

militante de un sueño,

campesino en el vino, obrero en la verdad,

y poeta además en un solo cajón mortal del escritorio…

Yo y es vuestro nadie

que va de pie sobre mi antigüedad,

somos sin duda uno de vosotros

por alma y por herencia,

por vida y por más vida…

 

Dejadme, pues, andar entre los vientos

verticales de vuestra soledad,

por esa España vieja y arrastrada que acariciáis,

por esa subterránea España donde aún se deshacen

en una sola noche diccionaria,

los presos, los hambrientos, los fusilados,

livianos todavía con la esperanza guerrera que recuerdan,

pesados en seguida con las paladas de miedo

que les echan encima

quienes siembran con ellos el siglo de las cuentas…

 

Dejadme un punto andar entre vosotros,

sangre y mercurio desbordados;

espacio de morir que ya está entero;

ejército sin premio,

donde el tambor es como un vaso de clara leche ausente

y el clarín una espiga renovada;

donde la guerra perdida es una paz de conciencia

sitiada todavía por los miserables del mundo!

Dejadme allí donde el recuerdo de la virgen tradicional

ha de ser una extraña sensación de claridad

como la sala de baño de los hogares que no poseíais…

y donde el olvido de la gracia gitana

es un gran desembarco del placer en la sonrisa…

 

Muertos grandes de España! Perdonadme

este desorden de mi corazón que no puede con todos

y en cada giro de su ropa a la vista

-tristísima bandera-

recoge un poco de vuestra polvareda sagrada…

Beso más que la tierra en que fruncís el ceño,

esta soledad de mi pueblo reunido levantándolo en su memoria,

como una herida nueva,

y escuchando, escuchando a pesar de mis palabras y de las palabras

la ola lenta de vuestro abandono que me trae a la orilla,

que nos vuelve a la vida,

que nos canta la esperanza,

en la guerrera costumbre española de descubrir los mundos…

 

Dejadme un punto andar entre vosotros

en esa España de más abajo donde milita vuestra sombra

donde leéis como los ciegos, más acá y fuertemente

en esa España natural,

donde hay un roce de religiones bien educadas que os entretiene

y una humedad de historias que os divierte y divierte;

en esa tierra básica y noble,

donde el caballo blanco del apóstol Santiago es verde como el de Gauguin,

y anónimo injustamente como los mineros de Asturias;

donde la espada del Cid

está lastimada como una estrella rodante;

donde el alma de don Antonio Machado

no ha terminado aún de saludar a Manrique;

y donde la gracia de García Lorca

no ha comenzado todavía a oler las mariposas mortales

entretenido en le reconocimiento de las inmensas obras que no le permitieron sus verdugos…

 

Dejadme andar siquiera con mi sombra amistosa,

con mi luz mineral,

con mi cautela ciega

que es la misma del público, mis pobres,

pero un poco más dura y un mucho más entristecida…

andar entre vosotros campo adentro,

como el agua tradicional de esos ríos y de vuestras humedades espirituales…

 

Dejadme, porque tengo que cumplir un mandato

de un pueblo ingenuo y bueno y uruguayo

que quiere distinguir entre vosotros

los árboles plantados por su esfuerzo

en el bosque de amigos de vuestra solidaria oscuridad:

los uruguayos muertos desde España,

los uruguayos tristes sobre España,

los uruguayos libres por España!

 

Yo los conozco; tienen

las ramas del silencio mirando hacia occidente

y en ellas altas formas de pájaros criollos

piando sus vocales en un crepúsculo sin término…

Y hay una playa y otras sobre el pecho sin pecho

playas de río breves, playas de mar abiertas,

playas de luz, de aire y de descuidos,

playas de soledades prisioneras…

Yo los conozco; tienen

una limpia costumbre de bohemia

una suave colina de ternura

y una patriótica y uruguaya necesidad de amistad,

facilidad de pobreza y de grandeza…

 

Ya los señalo. Alguno

no está muerto del todo porque se abrió en el aire

volcando su avioneta contra un Junker…

Alguno, no está triste del todo

porque tiene en el sitio de la frente

el honorable hueco de la trinchera…

Alguno,

no está del todo serio,

porque en la retaguardia hacía las órdenes de hambre con canciones

y con el pan de dios inexistente…

Y el viejo ya no es viejo y el joven ya no es joven,

todos envueltos en la edad universal del sacrificio!

 

Aquí, profundamente,

aquí, militarmente angustiados,

con el silencio quemado por el fuego enemigo,

saliendo de la muerte, todavía despiertos;

aquí, entre vuestros familiares,

no necesito nombraros,

que la presencia de ellos os hace obligatorios

firmes y permanentes en nuestro dolor

tanto como en el peligro de España y de los tiempos…

 

Aquí, mirad, aquí,

entre sobrevivientes que pudieron quedarse

como vosotros, a cantar los bellos países de la nada

de la nada con formas que la satisfacción del bien os acrecienta…

entre estos recobrados uruguayos que me prestan su riesgo

para hacer más auténtica

la comunión de mi voz entre los huesos…

 

Aquí, sembrando el grito misterioso de pena

silenciando los años y las extrañezas…

irguiendo el rostro, nada más que la llama del rostro

la votiva hermandad de nuestra presencia sobre la ceniza

y de vuestra ausencia sobre la tristeza…

 

Aquí, ¡oíd!, aquí,

en la única casa grande que realmente os tiembla,

poblada de españoles y uruguayos

como levantada en la antigua ruta de Compostela…

 

Aquí, ¡soñad!, aquí

donde la poesía crece también estoicamente

porque en su mar y en sus colinas y en sus seguridades

las distancias vienen como palomas a beber y a arrullarse.

 

Y aquí, ¡olvidad! aquí, en vuestra patria chica y conocida

donde nos traicionaron también, en una miserable traición pequeña,

el capital ajeno, la religión ajena, el militar muy suyo,

y el enfermo primero de un cónclave de enfermos…

 

Aquí, ¡vivid!, aquí,

donde el pueblo es una ley y otra ley y otra más,

lentamente logradas en un descuido y conciencia,

y cada cuatro años,

al sol de primavera ventiladas;

y donde no se puede traicionarle del todo nunca.

Aquí, con esa unidad geográfica de vuestras diferentes muertes

¡oh, adolescentes hermosos de la justicia

ayer nacidos en una Cruz del Sur tendida sobre la patria!

 

Tú de Mercedes;

tú de Tacuarembó;

tú de Rocha; tú de la Capital!

y los que no nombramos

y los que alguien olvida

y los que no sabemos y reverenciamos…

Aquí, y más aquí, acercadme, repetidme!

Ese mi pueblo mismo quiere condecoraros

sobre un llanto sin agua, sobre un puño completo…

 

No es noche de estar triste, yo os comprendo,

es alba de ser bueno, de crecer en la fiebre;

es preciso sentir sobre las horas, manuables y pequeñas,

la grandeza del tiempo que las llora…

 

Llorar, sí, lloraríamos, si el llanto desbordara,

y os hiciera crecer sobre la historia.

Pensar, sí, pensaríamos, si las ideas lograran

llevar alguna sangre hasta la España vuestra

a conversar fraterna, memorias y esperanzas

de nuestro lar de paz, de vuestro lar de gloria…

 

Luchar, luchar queremos!

Hay en mi voz que ahí por el silencio

es a lo sumo una mirada sola;

hay en mis manos, que ahí por los terrenos

son a lo más nostalgia de semillas;

hay en mi corazón y en el de todos que ahí en vuestra unidad

es y no es el ojo de agua del equilibrio afectuoso…

 

Un mandato perfecto de pueblo convocado

y de poeta sufrido;

de multitud que trajo su ternura del siglo, la venganza y la lucha,

y de espíritu que quiere arrancarse el destino

después de un largo viaje,

tal un gran animal fatigado,

para que pase la lengua por vuestras lápidas…

 

Debo condecoraros, acercadme…

No os puedo dar la rosa, que la rosa,

cambiaría de color como las mariposas

ante el pudor poderoso de vuestra sombra…

No os puedo dar la espiga, que la espiga,

abandonaría su gracia aérea ante vuestra espuma silenciosa.

No os puedo dar laureles

porque vosotros queréis que los recoja para los que han de seguiros

en esta aurora que preparamos universal y sobriamente…

 

No os puedo dar medallas

que os pesarían más que a los vivientes.

No os puedo dar banderas

porque las banderas ¡ay!, las banderas

son para vosotros como edificios proyectados al aire

erguidos, pintorescos de rectitud y de franjas

pero levantadas en la nada con sol de los tratados…

 

Permitidme; os traería, en nombre de mi pueblo,

tendida por los cuatros más bellos bohemios de mi tierra

la sonrisa de Grauert, más ancha que sus hombros

más joven que su heroísmo…

Permitidme; os traería, en un estremecimiento severo,

un adagio de sacrificios de estos años de prueba,

con héroes y con hombres,

una teoría uruguaya de paciencias, de firmeza, de angustias,

la columna vertebral de este pueblo en sus derrumbes,

la moral del desamparo tremendo!

Os la traería tendida hasta vosotros

y sostenida por los honrados obreros color tierra y futuro…

 

Permitidme, soldados del frente popular duro de mártires,

os traería otras nadas muy nuestras que reconocerías

aún en vuestra guerrera y magnífica nada universal!

Los caminos de mi país donde no circula el progreso;

los campos de mi país donde no crece ni el relato;

los ríos de mi tierra que huyen murmurando miserias

y haciéndolas todavía belleza!

Y el cinturón de zinc de la ciudad moderna.

Y los programas sociales de los partidos progresistas

impresos en un papel de diario con avisos…

Y la democracia sin democracia pero con una urgencia popular de justicia!

 

Os traería, so pondría -debo condecoraros, acercadme!

como la única mariposa que ahora podréis votar,

como el ala lenta de la noche besada por vuestra salutación humana,

como el cabello de la mujer ausente que adivináis al sueño,

como el brindis que bajo tierra ha de ser el presentimiento del trueno…

os traería la grande virtud de la ternura pública

unánime y terrible,

esa que salva vuestros nombres y vuestros compañeros,

y que en su comunidad de desgraciados y de esperanzas,

reconstruye el camino de amor de vuestro éxodo…

 

Y entonces os diría, Uruguayos del Mundo, os diría,

para condecoraros con porvenires,

que hemos de derrotar a los fascismos

y a los entregadores, que hemos de derrotarlos

prendidos hombro a hombro los pobres y los muertos

unos dando la sangre, otros acostumbrados

llevándola en triunfo por el futuro cierto…

 

Y enseguida, ¡enseguida!, para la eternidad siempre,

para borrar la anécdota, para aliviar la tierra,

aquí en el Uruguay, aquí en la pena,

besaríamos los ojos de las madres donde pedís socorro…

y las frentes de las novias donde ponéis los sueños…

y las mejillas de las hermanas donde comprobáis la sangre dulcemente…

 

Y aplaudiría ¡oh!, aplaudiría,

elevándolas como antorchas inéditas

las cabecitas claras de vuestros niños…

 

¡Salve! rojos blandengues nuevos

del último, del mejor ostracismo!

 

 

[i] Poema recitado por su autor en “Casa de España” de Montevideo, en el acto organizado por el Comité Nacional de Ayuda al Pueblo Español -Marzo de 1941-, en homenaje a los uruguayos muertos en la Guerra de España y en presencia de los familiares de los héroes caídos.

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