Arqueología de la investigación. O de la vida, por Dr. Oscar López Goldaracena

Aquel invierno de 1976 o 1977 habíamos resuelto investigar sobre la guerra civil española, concretamente sobre cómo repercutió el estallido de la guerra en la prensa escrita del Uruguay. Vivíamos en plena dictadura militar, en sus años más terribles. Montevideo estaba siempre gris, con llovizna, con frío, con dolor.

Éramos un grupito de tres o cuatro compañeros, de 17 o 18 años, todos estudiantes de secundaria, en el ciclo que en aquel entonces se llamaba “preparatorio”. No todos cursábamos la misma orientación. Concurríamos a un liceo privado cuyos profesores eran de primer nivel, la mayoría docentes de la Universidad de la República que habían sido destituidos por la dictadura. Aquello era una isla de cultura y de resistencia. La democracia la estudiábamos y la soñábamos porque no la recordábamos; la dictadura, la padecíamos y la sobrevivíamos.

No recuerdo por qué razón concreta decidimos investigar sobre la guerra civil española y la prensa de Uruguay. Yo me estaba formando como investigador en historia, aprendiendo sobre metodología de la investigación, hermenéutica y selección de fuentes. Para ubicar al lector: no había computadoras, ni celulares, ni fotocopias. Había que recorrer bibliotecas y archivos, buscar y hallar. El tema venía de repúblicas y golpes de estado. Mi primer contacto con el dictador Franco había sido con los sellos de colores que venían pegados en los sobres que se recibían de España. Un generalísimo hijo de puta. Esa fue la primera valoración que recuerdo. Odiaba a Franco y a los dictadores, y la guerra. Supongo que por ahí nació el tema.

Fue entonces que decidimos ir al Palacio Legislativo y consultar su hemeroteca.

Tengo presente el primer día. Imaginen a un grupo de estudiantes, en plena dictadura, entrando al Palacio Legislativo para consultar revistas y diarios originales del año 1936. El parlamento estaba clausurado. El edificio era un mausoleo que antes había vivido democracia. Tristísimo. No recuerdo cómo, pero ese primer día terminamos en una especie de buhardilla, cerca del techo, con olor a libros viejos y ruido de lluvia. Era el archivo de todos los diarios y revistas de la época que nos interesaba.

Encontramos a un único funcionario, un negro de motas canosas, de edad indefinida, vestido con un mameluco azul y varias lapiceras en los bolsillos. Recuerdo su apodo: Fito. Nos contó que desde el golpe de estado de 1973 ningún estudiante había subido hasta allí.

Quedó encantado con nuestro proyecto. Anotaba lo que le pedíamos, subía escaleras, se metía en recovecos, despejaba el polvo de los estantes y bajaba con los diarios, encuadernados con grandes tapas de cartón y cuero, atados con una moña de cinta.

Era fascinante leer esos diarios, pasar sus páginas, recorrer sus títulos, las notas, las fotos, los croquis, los mapas y debatir sobre los distintos perfiles ideológicos de los comentarios editoriales. Conversábamos mucho con Fito, quien nos narraba historias y anécdotas del edificio y de parlamentarios. Él añoraba la democracia; nosotros queríamos vivirla.

Íbamos casi todas las tardes. Leíamos, sacábamos apuntes, pero al mismo tiempo copiábamos textualmente, en unas fichas de cartulina o de papel, algunos fragmentos que luego analizaríamos. Eran las llamadas fichas contenido en las que anotábamos de dónde tomábamos el texto y la referencia al tema que transcribíamos. También armábamos la ficha matriz, con los datos del diario, nombre, número de ejemplar, fecha de edición, etcétera. Este era un método de investigación de fuentes que me habían enseñado y que yo trasladaba al equipo.

Trabajamos varias semanas en la “buhardilla”. Terminamos la recolección de fuentes y luego nos pusimos a estudiar los datos que habíamos recogido en las fichas contenido. Escribimos primero a mano y luego a máquina. El producto fue un trabajo de decenas de páginas.

Las fichas de cartulina las guardé en un paquetito de papel atado con cinta adhesiva el que identifiqué con el título “Guerra Civil Española, 1936-1939 – Prensa”.

El trabajo que hicimos, un único ejemplar mecanografiado, creo que se perdió con el tiempo, aunque tengo una vaga idea de que quizás uno de mis compañeros lo haya conservado. Nunca lo publicamos.

Recuerdo haber guardado el paquete con las fichas en un cajón, entre libros, apuntes y acumulaciones varias.

Pasaron cuarenta años.

Hace un par de semanas, el reconocido arqueólogo uruguayo Dr. José López Mazz me invitó a presentar un libro del cual es uno de sus autores. Se titula Después de la violencia. El presente político de las dictaduras pasadas. El libro contiene artículos escritos por especialistas internacionales de diversas disciplinas, relacionadas con la investigación sobre violaciones masivas a los derechos humanos perpetradas por dictaduras, especialmente sobre el pasado reciente de nuestro país, la impunidad, la memoria, la violencia y la búsqueda de los restos de los desaparecidos.

Entre los trabajos del libro hay uno escrito por el antropólogo español Dr. Carlos Marín Suárez que refiere a la arqueología y la guerra civil española. El Dr. Marín asistió a la presentación y al finalizar nos quedamos conversando con él. En la charla distendida, “post instancia académica”, me comenta que se está por publicar un libro de su autoría sobre la guerra civil española. De inmediato le comenté sobre la recolección de fuentes en el Palacio Legislativo respecto del tema y el paquetito con las fichas contenido que yo debería tener guardado en algún lugar de mi biblioteca.

Entre risas, quedé en buscarlo y le dije que si lo encontraba le haría llegar las fichas para que completaran su libro o las tuviera en cuenta para otras investigaciones.

A pesar de los años y las mudanzas, lo hallé casi enseguida, intocado. Cuando vi el papel amarillento del envoltorio y reconocí mi caligrafía de estudiante en el título “Guerra Civil Española 1938 – 1939 Prensa”, calculé los años que habían transcurrido. No lo podía creer.

Mi hija es arqueóloga y le conté toda la historia; resulta, además, que conoce al Dr. Carlos Marín Suárez por haber compartido trabajos de campo en Uruguay. Yo bromeaba sobre que el hallazgo del paquete era “el tal descubrimiento arqueológico”.

Estaba decidido a releer las fichas y a reencontrarme con parte de mi propia historia. Quería volver a recordar todo lo escrito, reírme de mi letra manuscrita de estudiante y tratar de identificar quiénes habían sido mis compañeros.

Cuando fui a abrir el paquete cambié de opinión. No. Que lo abra el especialista, que las fichas contenido y las anotaciones las redescubra el arqueólogo y que utilice lo que juzgue de mérito.

El paquete sigue cerrado y espero la ocasión de dárselo al Dr. Carlos Marín.

Quién iba a pensar, cuando hicimos aquel relevamiento, que los datos recogidos en aquella buhardilla podrían ser usados cuarenta años después. Sentiré una gran satisfacción si resultan de utilidad. Quizás se me dispare la idea de volver a escribir sobre la historia de la guerra civil española o incluso intente encontrar el manuscrito perdido.

La búsqueda del paquete de fichas hizo volver a mi memoria otra vivencia de aquella investigación.

Recuerdo nítidamente, como si fuera hoy, la imagen de mi caminar solo, bajo la lluvia, subiendo el repecho de una calle de adoquines mojados hacia el Palacio Legislativo y verlo aparecer entre la lluvia, vacío y cerrado. Recuerdo claramente lo que imaginaba en aquel momento: que al año siguiente iba a entrar a la Facultad de Derecho, que algún día me recibiría de abogado, que la dictadura se iba a terminar y que yo iba a volver a entrar a ese mismo edificio pero en democracia y como legislador. ¡Vaya sueño!

La vida me llevó a cumplirlo. Me recibí de abogado, Uruguay recuperó la democracia y muchos años después, el día que juré como Senador de la República tuve muy presente, como lo tengo ahora mirando el paquete cerrado, aquella caminata de estudiante sobre adoquines mojados.

Arqueología de la investigación. O de la vida.

 

Montevideo, 9 de abril de 2017

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