Armas automáticas y caballería mora, por el voluntario uruguayo Juan José López Silveira

Juan José López Silveira (“el Tape”) era militar ya en Uruguay, lo que le permitió integrarse en el ejército republicano en España y desempeñar diferentes funciones en diferentes frentes. Destacó su papel como oficial artillero en la 46 Brigada Motorizada y como director de la Escuela de Guerrilleros Divisionaria de Extremadura. Sus experiencias en España, así como el conocimiento de otros casos de combates, quedaron reflejadas en artículos y libros, algunos de los cuales ya hemos dado cuenta en este blog. En este caso extraemos un capítulo de su libro Guerra de guerrillas, un verdadero manual para cualquier grupo que decidiera decantarse por este tipo de lucha. Las experiencias de las guerrillas españolas que actuaron en la retaguardia franquista en Galicia, Andalucía, Extremadura o Asturias, y que a partir de 1938 se aglutinaron en el XIV Cuerpo del Ejército, fueron recogidas por López Silveira y convertidas en manual. Al parecer cuando tuvo oportunidad de encontrarse con el Che Guevara en Cuba en 1961 y este le reconoció como el autor del citado manual, el Tape le contestó que “ese libro ya estaba obsoleto, no sirve para combatir”. Por las páginas de este manual encontramos capítulos sobre las guerrillas en la URSS, China, Yugoeslavia, Gran Bretaña, EEUU, Francia y España; las guerrillas y su composición; la infiltración en el terreno enemigo; los métodos guerrilleros; los actos de propaganda y un apéndice para el aprendizaje del uso de armas y explosivos. Precisamente a este último apartado pertenece el fragmento que transcribimos y que titulado “Un relato de la guerra de España” pretende aleccionar sobre la importancia de la paciencia en el uso de armas automáticas, si lo que se quiere es causar el mayor número de bajas al enemigo. Para ello relata un evento bélico vivido por él en Andalucía, cuando una compañía de ametralladoras hizo frente a un rápido ataque de la temida caballería mora de Franco:

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UN RELATO DE LA GUERRA DE ESPAÑA

A guisa de ejemplo, aunque no es un episodio de guerrillas, vale la pena intercalar aquí el relato de una acción de la guerra española, presenciada por quien esto escribe, que muestra un caso concreto de empleo eficaz y sereno de las armas automáticas.

En el verano de 1937 participé en unos combates que tuvieron lugar en la corta llanura que, en tierras de Córdoba, se extiende al norte de La Granja de Torrehermosa y Fuenteovejuna. Al atardecer del primer día de combate, y cuando ya había declinado la intensidad de la lucha inicialmente favorable a nuestra 46 Brigada, por un camino de acceso a la Granja de Torrehermosa, dos o tres kilómetros delante de nuestras posiciones y sobre un terreno más elevado, vimos un numeroso desfile de la famosa caballería, mora de los fascistas. Evidentemente, las unidades de jinetes, venían a reforzar la débil guarnición de La Granja que estaba a punto de caer en nuestras manos. El hecho no tenía nada de extraordinario y era perfectamente previsible. Pero nuestra brigada fue excesivamente impresionada por el aparatoso des­pliegue a pleno galope que hizo ante nuestra vista la interminable caballería enemiga.

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Nuestro soldados eran casi reclutas y para la mayor parte de ellos, aquel era su primer fogueo. Además, la caballería mora empleada por los ejércitos franquistas, gozaba en España, de una justa fama brutal y sanguinaria. Los moros combatían solamente por el botín y se sabía que sus jefes, antes de enviarlos a la lucha, los embriagaban prometiéndoles veinticuatro horas de orgía y robo en los pueblos que conquistaran. Ya fuera por esa razón, ya por la inexperiencia de nuestros soldados, lo cierto es que aquella fue una noche de temor para la brigada que amenazó desintegrarse tomada de un pánico cuyo foco de origen concreto e inmediato no se pudo localizar. Tal vez algún novato haya expresado en voz, alta su susto, contagiándolo a sus camaradas, sin que hubiera sido advertido y sancionado en el acto, como corresponde en cosos semejantes en beneficio de la vida de los demás. Por todos esos motivos hubimos de pasar la noche reorganizando nuestros batallones y fortaleciendo su moral en previsión del ataque que no había de hacerse esperar. Afortunadamente tuvimos tiempo suficiente de instruir convenientemente a las compañías y secciones.

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Cuando se produjo el ataque enemigo, teníamos plena confianza en nuestra gente, que quizá hubiera defeccionado poco antes. El peso de la infantería enemiga, con un formidable apoyo artillero, se lanzó sobre el centro de nuestras posiciones. Casi al mismo tiempo, mil quinientos moros a caballo, en una operación demostrativa o en un imprudente tanteo para localizar nuestros puntos débiles, cargaron al galope sobre nuestra ala derecha protegida apenas por una compañía de ametralladoras. Yo estaba en el sector en cumplimiento de una misión del comando. Vi nítidamente a la caballería mora avanzar en tres líneas y llegar mil doscientos, mil, ochocientos y seiscientos metros de nuestros hombres. A esa distancia el tiro de dieciséis ametralladoras es perfectamente eficaz, pero el capitán republicano que mandaba la compañía prefirió esperar aún, previniendo enérgicamente a sus hombres que no hicieran fuego hasta recibir la orden. En circunstancias así, es difícil conservar la sangre fría y muy a menudo un tiro que se escape a algún nervioso es suficiente para que el tiroteo se extienda, con lo que puede perjudicarse el efecto de destrucción buscado: que no se escape el enemigo. Los moros estaban ya a quinientos metros, a cuatrocientos y el capitán esperaba impasible que se acercaban aún más. Al fin llegaron a doscientos cincuenta metros y al fin el capitán se decidió a ordenar fuego.

¡Fue de ver entonces a nuestros reclutas de la 46 Brigada hacer tabletear sus ametralladoras y derribar caballos y jinetes! Algunos moros, muy pocos, se salvaron volviendo grupas y emprendiendo veloz fuga.

La mayor parte encontró la muerte a pocos pasos de nuestras trincheras, y otros, llevados por la inercia de sus cabalgaduras, saltaron por encima de nosotros y fue tarea fácil hacerlos prisioneros momentos después. Los moros estaban borrachos y se mostraron increíblemente cobardes cuando estuvieron en nuestras manos. Desde ese día la 46 Brigada no creyó más en el mito de la caballería mora, destruido por la decisión y la serenidad de ciento cincuenta valientes y un capitán republicano.

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